Domingo 22 de agosto:

Parecía el final, pero Dios, siempre generoso, me ha dado otra oportunidad, es decir que, recién renacido, subo al avión en Buenos Aires, por gracia de Vivaldi es primavera y por gentileza de Bizet, Carmen viaja a mi lado, y con ella bajo en el querido México donde hace 38 años me reencontré con el que fui hace muchos siglos del otro lado del mar, por eso México es el único espejo que me refleja entero.

Cada vez que cae la tarde, como ahora, recuerdo a los monjes del mar muerto que se acostaban temprano, y al despertar recordaban que en el principio fue el verbo, y el verbo era Dios, y en ese reconocimiento comenzaba su día, deseosos del desierto y el profundo silencio de la Biblia.

Hoy en la ciudad de México, el hotel Presidente es mi casa, y tengo de vecinos a Tamayo  y Tlaloc, el Dios de la lluvia, y desde mi ventana, el piso treinta y ocho, tengo una panorámica de la ciudad donde siempre fui feliz. Ahora mismo estoy viendo, frente al hotel (lleno de arte y excelencia) al Auditorio Nacional, donde alguna vez canté, y más allá, con los carros de fondo, al hotel de México que alberga al Polyforum Cultural Siqueiros, donde mis conciertos sucedían los domingos a la tarde, y más acá al castillo de Chapultepec, donde tantas veces canté mis viajes a los jóvenes deseosos de aventuras.

Siempre México me seduce todo de una vez, como una revolución.

Para un artista, el sueño es un tesoro enterrado que se deja ver alguna noche, y que a veces se convierte en una obra de arte. Para un artista, los malos recuerdos pueden ser convertidos en buenos libros, libros horrorosamente bellos, y esto porque el artista es un alquimista, por eso puede hacer brillar hasta la sombra mas profunda, y en esa mirada puede ver a cualquiera con simpatía.

En esta ciudad, principalmente en el centro histórico, siempre recuero a Juan Rulfo, que hablaba poco pero con felicidad, y era tan generoso que atribuía sus aciertos al interlocutor, como los Japoneses. Hacia todo lo posible para que la realidad no lo distrajera, y esto me recordaba a Macedonio Fernández, que decía: ¿Quién se cree que es la maldita realidad? ¡A mí no me va amargar la vida!

Gracias a Juan Rulfo aprendí que se puede hacer alta literatura escribiendo como habla un campesino. Se pasó la vida pensando, el pensamiento fue su refugio, y desde allí le puso magia a la realidad, y Pedro Páramo lo confirma, es el principio del realismo mágico que tan bien continuó García Márquez.

La revolución de hoy fue el museo de Dolores Olmedo, que antes albergó a Diego Rivera y ahora a sus pinturas en su hacienda de Xochimilco, un paraíso donde los pavorreales  caminan por el luminoso verde donde la paz y la belleza son una sola cosa.

 

Terriblemente solo pero maravillosamente libre vuelvo a mi primer desierto, a la Patagonia que me llena de vacío, donde hace muchos años me despertaron las aguas del deshielo que bajaban de la cordillera de los Andes que tanto trajiné de punta a punta y de canción en canción.

Lenta y silenciosamente, el desierto se va convirtiendo en montañas, cada vez más importantes hasta ser coronadas por la nieve, y de pronto, bellísima frente al lago Nahuel Huapi, aparece Bariloche.

Desde mi ventana veo al Nahuel Huapi apoyado en las montañas nevadas, maravillosa manera de comenzar un nuevo día, paisaje que me recuerda los desayunos con Krishnamurti frente al lago Lausanne, en la Suiza donde Borges se auto enseñó alemán para leer a Spinoza. Me gusta el día porque concreta a las teorías que me excitaron en la infinita biblioteca de los sueños. Mal día me acerca a sus interminables tareas, el día tiene, en algún rincón de sus horas, lo que se quemó en Alejandría, lo que intrigó a Gurdjieff (a mi me intrigan los que se mueren de sed y soledad entre fuentes y jardines, los que se aburren, los que solo saben obedecer o mandar, los que se dejan vencer sin saber que también son Dios).

Me gusta el día y la ciudad, que es una biblioteca de personajes interesantes, una biblioteca viva que se lee caminando, que tiene esquinas brillantes y alguna gente bella. La ciudad es una enciclopedia, un resumen de atlas, un poco de Oriente y mucho de Occidente, la ciudad es la basura que amontonaron los siglos pero también la prueba de que nuestros abuelos no trabajaron en vano, la ciudad es una hoguera inteligente donde me junto con mis hermanos para cambiar buenas nuevas (hay pequeños cambios en la ciudad, pero de forma, no de fondo, por ejemplo los reyes les dejaron el lugar a los políticos y los bufones a los artistas populares, aunque estos tienen menos humor que aquellos). La ciudad es un símbolo, parte de un código que entretiene a formas más altas que nosotros, la ciudad es un muro inútil porque la vida entra por abajo y por arriba, la vida que a  veces purifica destruyendo, la ciudad es una pesada sombra, una lenta casa hueva donde solo estoy de paso, como estoy de paso por el hombre (sé que me esperan otras formas de la vida cuando pase el río de la muerte).

La ciudad es parte del infierno pero también del paraíso, el paraíso unánime de los místicos que sabían, y saben, que todo y todos somos parte de Dios, que también es el azar que nunca comprenderemos (no es bueno saber todas las cosas, en lo que aún no sabemos volvemos a ser niños, y eso alegra a Dios y calma a los hombres).

Hable del que hable en mis conciertos, imagino a Moisés cruzando el desierto, al Bautista en el Jordán, a Jesús entre sus discípulos, a Beethoven pensando en Mozart, a Borges imaginando a Darwin en la proa del Beagle tratando de imaginar el color del Nilo y el techo de la Biblioteca Pública de Nueva York.

Hable del que hable en mis conciertos, imagino a un viejo flaco con el agua hasta la cintura en los arrozales de Vietnam, a Van Gogh incendiando el trigal para pintar el incendio, al último judío del último campo de concentración viendo llegar a los aliados.

Hable del que hable en mis conciertos, imagino al hombre que murió cincuenta millones de veces en la segunda guerra mundial, porque es uno el que murió y muere y morirá en las esquinas de la soledad, en las alcobas del amor, en la violencia de las calles y las oscuridades de los caminos, en los hospitales y los asilos, como uno es el hombre que camina las diversidades del mundo, que hace los panes y las ventanas, que se excita en las ciudades y se aquieta en los ponientes, el que provoca la guerra y el que la evita, el asesino y el asesinado, el que salió de Kremlin y el que espera en el Vaticano, es decir que hable del que hable, estoy hablando del único hombre, de esa pluralidad que se ahoga en la multitud, ese uno que es todos y que siempre está solo y que tal vez muera en un avión para renacer en un barco.

Cuando hablo de alguien en mis conciertos estoy hablando de todos porque la Humanidad es un solo hombre atomizado.

 

Por aquí anduvieron los dinosaurios, por esta tierra por donde todavía caminan los mapuches, que se hincan ante el mismo sol que me hinco, a veces solo y a veces con los chamulas y los lacandones en Chiapas o con los descendientes de los incas en el Cuzco peruano o con los tuareq en el Sahara o con los tarahumaras en la Sierra Madre de Chihuahua.