Presintiendo que se acercaba el final, la hora de la mudanza, Facundo Cabral escribió estos textos, algunos nuevos, algunos viejos; como un compendio de su pensamiento y legado.

Fue durante los meses de octubre del año 2010 hasta marzo del 2011, especialmente para ser subidos a la página web que mandó a crear, en ese momento bajo el nombre de facundocabralonline.com

 

La filosofía, la Historia y la literatura son tres hembras que amo y que me enriquecen día a día, que me acercan al hombre que debo ser, por eso en estos papeles están mis huellas, y desandándolas puedo llegar a los primeros fervores y a los primeros días, ver a la saludable luz de la distancia en qué andaba, cómo fui encontrando la dirección que hoy llevo, quiénes tuvieron que ver con mi crecimiento, y de lejos son más divertidos los amores difíciles y el hambre, estación por la que siempre volvemos a pasar, y de lejos los cuervos son más grandes y los veranos más largos, a la distancia calientan más los hogares y la abuelas son más sabias.
Mis papeles son el mapa de todo lo que caminé y la biblioteca  de proyectos que no sé por qué abandoné o concreté, como la búsqueda de una nueva literatura que provocara una nueva sociedad.
Revisando mis papeles compruebo que el retrato del mundo que soñé hacer terminó siendo un bosquejo de autorretrato, lo que no es poco …

 

Cada tanto vuelvo a gozar los 27.798 versos de los 24 Cantos del primer poema de la Humanidad, tan ingeniosos como épicos, nacidos en los años en que la inmigración de las tribus dóricas forzaron a la próspera cultura micénica a conformarse con un modo de vida más sencillo, tanto que los llamaron los siglos oscuros, provocados por los aqueos que conquistaron a Troya, heroica y mítica historia que cantó Homero, el que para Platón educó a Grecia porque sin él no hubiera habido ni literatura ni filosofía, Homero, el luminoso ciego por el que tenemos un sistema mitológico de excitantes profundidades espirituales y psicológicas, la base de nuestra lógica que, poéticamente, nos lleva a la ética, al antiguo orden establecido por Zeus, el padre de los dioses y de los hombres, que llevamos en nosotros a todos los fenómenos de la Naturaleza, a los que Homero, con mitos y símbolos, agrega una nueva perspectiva al descubrir nuevos pensamientos en nosotros, Homero, el que veía lo que venía sin dejar de vivir al presente, su presente mitológico, es decir enriquecido por lo mejor del pasado, el ciego vidente que siempre me lleva 3.200 años atrás, a los días en que un pueblo arcaico conquistó una ciudad, necesitado de un paso libre a través de los Dardanelos. Esa es la Odisea que me sigue contando Homero, la odisea que todo hombre realiza en busca de su identidad, de sus metas filosóficas, de su patria espiritual, la patria que para Ulises era el mundo de las ideas de Platón, y Troya el mundo manifestado en el que los hombres se encontraban ligados a las posibilidades limitadas de la percepción física.

 

Los griegos fueron a Troya a rescatar a Helena, la mujer más bella del mundo, pero en el despertar del pensamiento griego, belleza física también significaba belleza espiritual porque los griegos no separaban lo bello de lo bueno, por eso adoraban a la belleza más que cualquier otro pueblo, por eso Helena era el ideal mayor de la cultura griega, un símbolo de la búsqueda del ánima, la parte femenina del alma humana que nos queda por descubrir, por eso Helena, como Penélope, representa las luchas no realizadas en el alma del héroe, los campos que tiene que encontrar para lograr la perfección espiritual, porque solo asi podrá volver a su casa, un retorno al paraíso, la realización de lo que ya existe en el hombre, volver a ser lo que uno fue en el principio, es decir el verdadero, por eso Ulises no deja de pensar en la necesidad de volver a la patria (pensando en ello, Platón creó la noción del recuerdo del mundo de las ideas).

 

En el sur de Tracia, los griegos se hicieron de un gran botín, por  eso Ulises quiso partir enseguida, pero sus hombres se demoraron con el vino, permitiendo a sus enemigos recuperarse de la derrota, lo que le ocasionó muchas bajas a los griegos, a los que lo efímero les hizo olvidar la meta superior, y este descuido es el símbolo de las emociones bajas, de los deseos que vencen a la voluntad del hombre, tonterías que pueden ser fatales.
El hombre suele olvidar sus metas superiores por satisfacer deseos groseros, artificiales, momentáneos (en Platón, los cuerpos son las sombras de las ideas, y en el budismo, la identificación con lo pasajero es la causa de todos los sufrimientos).
 
 
 
A Ulises le costó tanto llevar a sus hombres, que se demoraban en cualquier placer, como a Moisés el pueblo hebreo, y también tuvo que luchar contra la hostilidad de Poseidón, el dios del mar, que era un símbolo del subconsciente, por eso Ulises lo cruzó como un viajero que buscaba su ser verdadero, sabía que en algún lugar de ese mar encontraría su patria, y lo sabía porque estaba en medio del camino, porque ya estaba en marcha.
Siempre vamos a casa, decía Novalis, lo que significa que el hombre es un ser espiritual según su verdadera naturaleza interior, y que su identidad está ligada a su relación con el mundo material, y recordar esta naturaleza original y buscarla es el sentido de la vida.
 
 Muchas veces, cuando me preguntan mi nombre, estoy tentado a responder como Ulises: Nadie, tal vez porque se tiene poder sobre las cosas de las que se conoce el nombre, y yo soy muy independiente.
En general, asusta lo que no podemos denominar, no nos preocupa tanto lo que tiene nombre, pero lo desconocido siempre se nos hace peligroso, es más fácil luchar contra un enemigo conocido, por eso siento que estoy a salvo cuando no revelo mi identidad (¿Usted es Borges?, le preguntó alguien en la calle. A veces, le dijo el maestro).
 
 El retorno está previsto desde la partida, pero nadie lo tiene seguro, ni siquiera Ulises, al que Eolo, rey de los vientos, se los dio todos en una  bolsa, el Ulises que fue reduciendo su tripulación para purificar la travesía, para cuidar la salud del barco, Ulises, el capitán y el símbolo del verdadero yo interior, que tenía que quedar como único sobreviviente, y todos los demás, pequeños yoes que eran solamente aspectos de la personalidad, tenían que morir. Todas las máscaras que habían aceptado les impidieron ser auténticos (por mucho que se enamoraran de ellas), por eso todos pudieron ser transformados en cerdos cuando la maga Circe los hechizó, la maga Circe que representaba un aspecto de Artemisa, diosa de la Naturaleza, y la guerra de Circe contra Ulises fue para defender lo matriarcal de lo patriarcal, pero después de un año, Ulises se liberó de la  hechicera y bajó al Hades, más allá de las columnas de Herakles (hoy Gibraltar) para buscar consejo en Tiresías, el sabio vidente, primer descenso a los infiernos que sucede en el Canto ll.
Después, antes de llegar a Itaca, Ulises vuelve a bajar a los infiernos, como el sol que desaparece bajo la tierra cada atardecer para iniciar su viaje nocturno, pero vuelve a emerger para que el viaje se aclare cerca de las islas de Galli, al norte del estrecho de Messina, pero las sirenas le entorpecen el retorno a casa, lo seducen con sus cantos para volver a bajarlo al reino de los muertos, a las sombras que lo distraen de las metas superiores donde los hombres alcanzan su verdadera estatura, donde se hacen uno con los dioses (los deseos son las peores cadenas de los hombres).
 
 
 Ahora, sin nada, como un mendigo, Ulises naufraga en Sheria, la isla de los feacios, para llegar al punto más bajo y desde ahi comenzar una nueva etapa de su viaje. Se cumple el designio: el héroe tiene que perder todas sus posesiones, tiene que vivir su soledad y la pobreza más extrema para poder volver a su país, soledad  porque tiene que andar caminos diferentes a los demás y pobreza porque nada debe tener importancia para él, nada debe distraerlo de la consciencia de su meta, fuego interior que lo hará sobrevivir, superar todos los obstáculos.Agotado, Ulises se tiende entre dos olivos ( cuna de la sabiduría), y se cubre con hojas, pero atento como un pastor que cuida su fuego, inevitable para sobrevivir, y desde aqui todo se encamina hacia su destino: los feacios lo reciben amablemente y lo llevan, dormido, a Itaca, a la que no reconoce cuando despierta porque está cubierta por la niebla, a la que Atenea, que es la mismísima sabiduría, levanta para que Ulises se sienta en casa, cumplida su meta, y de a poco se va acostumbrando a la luz de la isla, reconociendo cada palmo de su tierra. Cuatro siglos después, Platón, en su mito de la caverna, dirá que la luz de la verdad es tan fuerte que el buscador tiene que adaptarse a ella lentamente.
Ahora Ulises es reconocido por Argo, su perro, por Euriclea, su ama de cría, y por Penélope, parte del alma que Ulises tiene que reconocerse, su otro yo, para estar completo, este buscador que ha vuelto al punto de partida para reiniciar un viaje eterno, pero ahora a plena luz para ver claramente a todos los obstáculos.
Homero sigue contándome este espejo del alma humana que me invita a seguir a los héroes en esta odisea donde podemos encontrar a Dios después de los horrores y al enemigo en nosotros mismos.
El mundo es sagrado, por eso encontré lugares sagrados en todas partes, no solamente en Israel o en el Tibet, y los encontré después de mucho caminar, lugares que solo se pueden ver con los ojos de la sabiduría, capaces de penetrar cualquier sustancia, de ver lo invisible, y esos lugares suceden espontánea, naturalmente, entonces sentimos que el centro de la verdad está en nuestro corazón, por eso ahora, en la vejez, estoy gozando la paz del retiro merecido.Ahora estoy camino a Itaca, largo camino lleno de aventuras, de experiencias, sin miedo al tentador canto de las sirenas ni al furioso Poseidón porque no encontraré a esos peligrosos seres en el camino si mantengo elevado a mi pensamiento. Estoy plantado en mi mismo para gozar los amaneceres naranjas y los puertos azules, los corales y el ébano de los mercados fenicios y a los sabios de las ciudades egipcias.
Sé, desde Homero, que llegar a Itaca será cumplir con mi destino, pero voy lentamente para llegar viejo a la isla para poder apreciar más a mi conquista, llegar viejo y rico para no esperar riquezas ajenas a mi llegada a Itaca, que provocó el viaje.
 
 
 
Siempre me acompañaron esos seres tan luminosos como extraños que ven al mundo de otra manera, como Papantra, que fue una especie de esfinge del siglo XX, maestro en el que convivían multitud de realidades, todos los mundos paralelos, la más grande diversidad de calidades, siempre más allá de las reglas, de las normas, de los dogmas y las leyes convencionales. Papantra era la flor que surge en el cáctus cada cien años, un testigo de todos los milagros, un proceso constante de transformación.
Vivir al lado de Papantra era ser testigo de continuos prodigios porque tenía todas las capacidades parapsicológicas de un mago y los conocimientos de un científico, además del alma y la sabiduría de un verdadero maestro, al que llegué de la mano de sus mejores discípulos, atraído, ante todo, por la música de sus palabras, una sinfonía que iluminaba todos los caminos, que levantaba castillos encantados en los desiertos, que hacía que todas las piedras preciosas vinieran a su mano encendida por el fuego del centro de la Tierra, que con un solo gesto hacía sonar a todas las campanas, que con su sonrisa perfumaba a los que lo rodeábamos, que estaba hasta cuando no estaba.
Los gnomos y las hadas estaban a su servicio, llevando y trayendo mensajes del más allá, y nada ocurría en el Universo que Papantra no lo supiera, por insignificante que fuera, y todo formaba parte del torrente de ideas con que nos inundaba en su ashram, donde llovía solo cuando a él se le daba la gana, a él, rico en lenguas que le acercaban todo, hasta los secretos de los jeroglíficos, más ricos del revés que del derecho, él, transformado por una mudanza de alma para que todo lo suyo fuera sagrado, para convertirse en el canal de un impulso divino, en un mahatma, es decir un alma grande que tenía todas las edades en un solo día.
Para Dios, decía Papantra, nosotros estamos cerca, pero para nosotros Dios está lejos hasta que comprendemos que está dentro nuestro, pero para llegar a eso hay que subir muchas montañas y correr muchos velos de luz y de sombra, entonces, cuando nos sentimos perdidos, encontramos a la verdad, al camino para llegar a Dios, pero no importa el tiempo , que solo existe en cada cosa en particular, pero no en lo general, en lo universal, en lo esencial, porque ahi señorea la eternidad, por eso la tarea es romper la prisión del tiempo para entrar a esa eternidad, donde armonizamos lo visible con lo invisible.
 
 
 
 
 
He vuelto a mi primer desierto, a la Patagonia que me llena del vacío esencial, donde hace muchos años me despertaron las aguas del deshielo que bajaban de la cordillera de los Andes que tanto trajiné de punta a punta y de canción en canción. Lenta y silenciosamente el desierto se va convirtiendo en montañas, cada vez más importantes hasta ser coronadas por la nieve, y de pronto, bellísima frente al lago  Nahuel Huapi, aparece Bariloche, maravillosa manera de empezar un nuevo día, paisaje que me recuerda los desayunos con Krishnamurti frente al lago Lausanne, en la Suiza donde Borges se autoenseñó alemán para leer a Spinoza.
 
 
 
 
 
Este libro es una caja llena de herramientas para vivir, para armar nuevos juegos, para mejorar o ajustar los viejos. Crear, siempre crear porque en el matiz, en la variedad, está la continuidad de la fiesta, en el cambio constante está la vida, en la multidireccionalidad está la riqueza, por ejemplo cuando me cansé de mi pueblo me subí al tren que me llevó a los barcos y a los aviones que me llevaron al mundo, es decir a los ríos rápidos y a las tumultuosas ciudades, a los mares rojos y azules y negros, a todas las maneras de la música, a Delacroix, a Turner, a Klee, a las piedras de Henry Moore y a los alambres de Giacometti, lo que quiere decir que desde que subí al tren todo se agigantó, desde los matices a la soledad, que no me abandonó jamás, a la que aprendí a amar porque siempre conté con ella, y porque por ella me conozco.
En estos papeles registro cada momento y cada paso, por eso leerlos es caminar conmigo por el mundo que camino, el del lado de afuera y el del lado de adentro.
 
 
 
Solo se puede sobrevivir comulgando con el presente, sin las cadenas del pasado ni la ansiedad que provoca la idea del futuro. El presente, el momento, el instante, es una constante reencarnación, un estar despierto para no perdernos las revelaciones, que suceden en cualquier momento.
Los misterios me rodean, y esto es excitante, pero también amo a la razón, aunque solo me explique lo artificial, la razón que fácilmente puede ser mi verdugo, la razón que ha cegado a los occidentales. De todas maneras, en todas partes encuentro las huellas de las infinitas manos de Dios, entonces solo me queda gozar su obra y cantar su gloria, y retrato lo que puedo, rápidamente porque los cambios de la Naturaleza son constantes, por eso cada instante es un resúmen de la totalidad.
 
 
 
 No hay moral  sino morales porque no hay un grupo sino muchos, pero detrás de todas ellas, o el promedio de todas, es solo una, por eso, cuando estamos solos, fuera de la secta o el grupo, todos sabemos qué es lo que está mal y qué es lo que está bien, y esa moral universal se hace oír en la conciencia de cada uno, y ese es el dato de que todos pertenecemos a una sola Humanidad, por eso las divisiones son ilusiones suicidas y homicidas, prejuicios muy peligrosos para todos, hasta San Agustin llegó a decir que las virtudes de lo paganos son vicios magníficos.
Solo desde el uno mismo se puede reconocer al uno mismo que hay en cada individuo, lo que es imposible desde una etnia, desde una secta, desde la religión o la política, solo desde el uno mismo podemos comenzar a hablar de lo que tenemos en común y no de lo que hemos hecho hasta ahora, y que  nos ha costado, y nos cuesta tanto. La diversidad es lo que nos enriquece, entonces debemos buscar la armonía de desiguales, no la igualdad que, además de ser una ilusión, empobrece y masifica. Solo el que ha llegado a su punto central puede llegar al punto central de todos, lo que quiere decir que solo puede haber una comunicación profunda de individuo a individuo.
 
  
  
Para pertenecer a la especie humana, el único requisito es ser humano, al fin y al cabo somos más semejantes de lo que creemos, aunque un aborto signifique cosas muy diferentes para una mujer de Montecarlo que para una mujer de Somalía. La hospitalidad es la verdadera cultura, que por ella vive, la hospitalidad que acepta todo, la hospitalidad que me acercó al Quijote y al Kybalión, al Libro tibetano de los muertos y al Popol Vuh,a Wallace Stevens y al Eclesiastés, y la hospitalidad es ética, o la ética es hospitalidad, y esto es bueno recordarlo para ponerlo  en acción en estos días de exilios y destierros, de inmigraciones forzadas, de exclusiones, es decir de fobias suicidas porque la espalda que das se te dará, y esto es la muerte para todos.
Dijo Meleagro un siglo antes de Jesús, y lo dijo para que fuera su epitafio: La única patria es el mundo en el que vivimos, y de un solo caos venimos todos los mortales.
Pocos vivos toman consciencia de lo que tuvo consciencia este muerto, y nada tan real, tan digno de tener en cuenta. Este epitafio es un llamado de atención, un alerta y un decreto.
 
  
Nada está afuera porque hay un solo Universo, todo está adentro, por eso solo habrá paz cuando seamos lo que debemos ser, lo que está previsto que seamos: cosmopolitas, ese es el plan de la Naturaleza, solo asi la capacidad humana alcanzará su sazón, en el único nivel previsto, el colectivo, porque la Humanidad es un solo ser, un solo cuerpo atomizado seis mil millones de veces, por eso cada uno debe estar consciente de su parte porque solo de individuo en individuo se llega a la totalidad ( una función que no se cumple, un órgano que no se utiliza es peligroso porque es una contradicción, y una contradicción es un suicidio general). La Naturaleza concibió al hombre, como a todo, como un todo, y para eso debe cumplír con todas sus facultades, y para eso, a partir de él, debe estar comunicado con todo para que no lo gobierne el animal, que es solo un vehículo para tareas inferiores, y como nuestro paso por la Tierra es corto, debemos tener consciencia de que, como individuos, somos un eslabón, que lo que importa es la continuidad, la especie, que va acumulando conocimiento de individuo a individuo, de generación en generación, y esto es el verdadero progreso, por eso crecemos todos o no crece nadie.
 
 
 
En mis cuadernos encuentro tesoros que habìa olvidado, palabras que me aclararon y cosas que me pusieron de pie para siempre, por ejemplo el baùl que guardaba los cuadernos de los años cincuenta, abandonados en el desvàn de una pensiòn barata donde sobrevivì en los años anteriores a la canciòn, cuando la bronca se fue transformando en una sonrisa gracias a Dickens y a Bernard Shaw, y la risa en una carcajada felìz por las divertidas genialidades de Macedonio Fernàndez y los sofisticados juegos de Julio Cortàzar, cuando la miseria me sonaba a gloria por Blaise Cendrars y por Henry Miller, cuando abrìa al Tao Te King en cualquier parte y sabìa què rumbo tomar o si debìa quedarme quieto un rato largo, por ejemplo en la Isla de Pascua, donde pensè que si yo no me conocìa todos esos libros estaban equivocados. Nada tiene valor si uno no sabe quièn es, me dijo el pastor que andaba siempre alrededor de las cabezotas, que me ayudò tanto para que yo me conociera, entonces fueron realmente importantes Dickens y Shaw, Fernàndez y Cortàzar, Cendrars, Miller y Lao Tsè, a los que leì, estudiè y gocè todos los dìas durante el año que estuve en la isla.
Toda esa gente me trajo hasta aqui, despuès de dar la vuelta al mundo por donde se me fueron sumando hombres luminosos: Krishnamurti, Borges, Garcìa Màrquez, Arreola, Paz, Cela, Fuentes, Sagàn, Cousteau, por eso puedo decìr, como Whitman, que albergo una multitud, y todos ellos estàn aqui porque yo los traje, como somos responsables de cada actitud, de cada circunstancia, entonces Agustìn tenìa razòn: ni a la verdad ni al culpable se los debe buscar afuera.
Pocos estàn dispuestos a escuchar la verdad, pero todos estàn dispuestos a escuchar una historia, y a eso vine.
 
 
 
 
 
No hay nada màs importante que las palabras, recuerda que en el principio fue el Verbo, Dios dijo: Hàgase la luz, y la luz se hizo, y estamos hechos a semejanza del Creador, mi padre solo dijo dos o tres palabras al oìdo de mi madre, y la incendiò de tal manera que tuvo siete hijos. No hay duda que en las palabras comienza todo, por eso a ellas dedicarè la ùltima etapa de mi vida terrenal, de todas maneras, contar es cantar con la música de las palabras.
 
 
 
Decìa Pasteur: Un poco de ciencia nos aleja de Dios, pero mucho nos acerca, y un ejemplo es Einstein, que llegò a decir que la luz es la sombra de Dios.
 
 
 
El lenguaje es la morada del ser, en èl estamos instalados, y con èl, desde èl, podemos inventar nuevas formas de vivìr, el lenguaje que terminarà en el silencio que es Dios, que a veces se deja escuchar en los espacios que hay entre una palabra y otra.
 
  
 
Juntar bien las palabras es un acto màgico que puede cambiarlo todo, o aclararnos cosas, como las de Heràclito: No bajaràs dos veces al mismo rìo pues no te bañaràn dos veces las mismas aguas, o las de Jesùs: Moriràs para nacer, o las de Lao Tsè: Sabidurìa es encontrar lo mucho en lo poco, o las de Borges: Es en vano que golpees la puerta, estamos adentro.
 
   
El poder no te librarà del tedio, solo en la plenitud no hay hastìo ni aburrimiento, la plenitud donde vivenciamos a lo absoluto, a la nada esencial que està màs allà de las maravillas que nos rodean, que se dejan sentir en nosotros cuando nos dejamos ser, cuando nos liberamos del ilusorio yo, del estatismo, de las cosas muertas de nuestra memoria, de la imàgen que nos crearon otros, que es a lo ùnico que pueden afectar los otros, tan dormidos que creen que eso somos.
 
 
 
Sepàrate de los que hace siglos vienen mendigando salvaciòn de rodillas, libèrate del miedo y de la culpa y ponte de pie para caminar con los hombres de frente a la luz, cambia al desconsuelo por el orgullo de ser hijo del Rey del Universo, deja de sufrir, de llorar por lo que no son màs que supersticiones y canta la gloria del nuevo dìa, la oportunidad de empezar todo de nuevo cada mañana, dèjate tentar por la existencia y anìmate a los rìos que te bendeciràn constantemente porque todos los rìos son el Jordàn para los que llevamos a Jesùs en el corazòn.
 
 
 
Desapegados de las apariencias, comenzamos a sentir el eterno fuego de la verdad, cuyo centro es Dios, que nunca nos la revelarà para que vivamos en un estado de permanente excitaciòn, y eso es el arte, que no es suficiente si no llegamos a vivìr artìsticamente, ¿o no estamos dentro de un maravilloso espectàculo?, lagos entre montañas, volcanes en medio de islas rodeadas de ballenas y tiburones, osos jugando en la nieve, pingüinos sobre las piedras redondeadas de la costa, monos en las palmeras y àguilas entre las nubes, la Luna iluminando a los desiertos y el sol a los puertos de donde salen los barcos en todas direcciones, la mùsica ponièndole alas a nuestro esqueleto y la poesìa enriqueciendo a la prosa de las calles,¿no es la vida un grandioso espectàculo?,¿y no estamos hechos a semejanza del Creador?, entonces el arte es la màs alta y bella de las religiones, tan generosa que ni siquiera nos impone mandamientos, lo que nos hace responsables de nuestros actos (si cada uno cuidara su àrbol, el bosque serìa maravilloso).
 
  
 
 
La vida es una excitaciòn constante, por eso no veo pecado en los deseos,¿còmo vivìr indiferente ante tantas bellezas? Dios nos provoca, amorosa y violentamente, para que rompamos todos los lìmites, como Rothko los de la pintura, como Stravinsky los de la mùsica.
 
 
  
Nada mejor que vivìr en arte para recrear y recrearnos, para darle nuevos dioses a la mitologìa, lo mejor de uno atomizado, lo que hay pero màs porque la vida no se detiene, por eso la ùnica muerte es quedarse quieto, pero el artista, aùn muerto, sobrevive en su obra, sigue creciendo en los demàs, en los jòvenes que beberàn de su fuente, por eso Whitman y Blake y Gibràn siguen creciendo en mi, como muchos beberàn de la mìa, inagotable porque estoy despierto para ver todo, ahora a las cuatro lunas de Jùpiter, el de los rìos de azufre, donde el dìa dura menos de diez horas.
 
 
 
El azar es otro juego del destino porque està todo decidido, escrito en el libro del Cielo, donde la Biblia y el Coràn son dos capìtulos màs. No hay improvisaciòn en el Universo, que es caos y recreaciòn constante, el desordenar para volver a ordenar, el flujo y reflujo, el salir para entrar, salir de un ùtero para entrar a otro mayor, muriendo para renacer cada vez màs alto porque la vida es circular pero en espiral, por eso volvemos a ver lo mismo pero desde màs arriba, como en la vejez, que vemos abajo y muy lejos lo vivido.
 
 
 
Al nacer nos cargan la mochila con las piedras màs pesadas, las de la costumbre, que es la enemiga de la evoluciòn, y nos encadenan los pies para que no podamos irnos lejos de sus prejuicios, por eso la tarea (a veces de toda la vida) es sacarnos esa mochila y romper esas cadenas del miedo, que es la antìtesis del amor, que es valentìa.
 
 
 
No hay elegidos, todos podemos salvarnos, es decisiòn de cada uno andar por la luz o por las sombras, el mundo es lo que vos quieras que sea, y sin apuro porque transitamos la eternidad, y en la eternidad siempre se puede empezar de nuevo.
 
 
 
Cuida las palabras porque con ellas Dios creò todo lo que hay, y estamos hechos a semejanza, y como El dijo: Hàgase la luz, y la luz se hizo, tù dì: Dios me ama, entonces viviràs en la alegrìa de la fe.
  
 
 
Dijo Jesùs: Si conocen a Isaìas me conocen a mi, y yo digo: Si conocen a Jesùs me conocen a mi porque me salvò la vida con las palabras que vengo a recordar, distintas porque distintos son los dìas, pero salidas de la misma fuente.
Jesùs me despertò con una sola frase, con la gran noticia que trajo: Uno solo es el Padre, entonces supe que la Humanidad es una sola familia y que habitamos un solo paìs llamado Tierra, entonces me puse de pie y salì a vivir en el mundo de mi Padre.
 
  
 
Llevas un gigante dentro, como del pueblo màs pequeño saliò el pastor màs grande, que nos llevò a Dios por el mejor camino, por la fe  que le pone alas a nuestro esqueleto, el pastor al que un àngel del Señor llevò a Egipto para salvarlo de Herodes, el pastor al que anunciò el Bautista en el Jordàn, el pastor al que antes habìa anunciado Isaìas: Hay una voz que clama en el desierto, que nos manda enderezar las sendas y preparar el camino del Señor porque el reino de los cielos se acerca, y los cielos se abrieron cuando Juan bautizò a Jesùs, y el Espìritu Santo se convirtiò en paloma para posarse en los hombros del hijo de Marìa, entonces se escuchò la voz de Dios: Ese es mi hijo, en el que me contento.
 
 
 
Vivimos estructurados en palabras, hasta la muerte es una oscura suposiciòn de las palabras, y todos somos artesanos porque todos trabajamos a las palabras para amar o para discutir, para someternos o para someter, todos somos actores de un solo drama y de la única comedia, Dios atomizado para ser todos los actores, el Dios que se arrodilla o se pone de pie en nosotros.
Nada màs excitante que perdernos para encontrarnos en Dios.
 
 
 
El camino al silencio pasa por las palabras, sin estas es imposible llegar plenamente a aquel, centro de la nada de donde surge todo, las palabras que se animan hasta ponerle nombre al Creador del Universo, y en ese sonido soñar con la salvaciòn, las palabras que dividen al tiempo en tres partes, pasado, presente y futuro, aunque sospecho que el presente es solo una sensaciòn entre el pasado y el futuro, al fin y al cabo el hombre es ir yendo, en el infinito no se llega a ninguna parte, entonces la vida es el trayecto.
  
 
 
 
Toda bùsqueda es un peregrinar, una gentileza del destino para distraernos de la caìda inevitable, el destino que sabe que la nada y la eternidad son la misma cosa, por eso no le busco un sentido a la vida, me es suficiente gozar en sus aguas, y asi, sin condiciones, todo es arte, el arte que està libre de principios y finales, consciente de que la ùnica historia es la del Universo, que incluye todo, por eso en cada cosa y en cada acto siempre falta algo, y nunca sabremos què.
 
  
 
 
Las palabras siempre terminan en el silencio anterior a ellas, las veintidos palabras del alfabeto hebreo donde los hombres intentaron comunicarse entre ellos para que Dios los escuchara, para contentarlo, lo que quiere decir que desde el principio las palabras fueron un instrumento de seducciòn, una manera brillante de perder la inocencia, las palabras, esa querida simulaciòn que me llevò por el mundo real, las palabras que se dejaron oìr de todas las maneras en la torre de Babel, las palabras que declaran todos los afanes del hombre, que nunca pudo llenar todos sus vacìos con las palabras, pero ese no llegar es el que nos mantiene excitados.
 
 
 
Es la hora de la  caída de todas la ficciones sociales, de los convencionalismos que han debilitado a los hombres, y la desdicha general lo confirma, por eso ya no hay doctrina que pueda mantenerse, es la caída definitiva de las ideologías, que no son más que ideas petrificadas, un esfuerzo inútil en un mundo en constante movimiento, y en la aceptación del fracaso comienza el renacer, y esto porque en la eternidad siempre se puede empezar de nuevo, y como debe ser: cada uno reponsable de su destino, y esto porque el individuo es lo único verdadero, la cuenta comienza en uno, recuerdo mientras volamos sobre Teotihuacan, camino a Monterrey, la magnífica Teotihuacan que nos confirma que toda civilización tiene fin, que lo único eterno es el hombre, no hay dogma que soporte la diversidad del mundo, la novedad constante que es el Universo, no hay cultura que lo abarque.
 
 
 
El aquí mismo del ahora mismo es Monterrey, el lugar ideal para juntar mis mejores palabras en el teatro, que es la manera más alegre del templo, por eso cada concierto es una comunión, donde el fuego ilumina en lugar de quemar, donde purifica en lugar de destruir.
 
 
 
A la mañana comienza mi fiesta porque enseguida del desayuno me tiro al papel en blanco para dejar en él mis sueños, mis reflexiones y mis experiencias, para incendiar a mis papeles como Van Gogh a los trigales y Beethoven a las partituras, papeles que serán libros donde también florecerán poemas que serán canciones con las que celebraré el encuentro con mis hermanos en los teatros del mundo, hoy México, que fue la tierra prometida donde comencé a sembrar lo que hoy cosecho.
Anoche, tres mil personas se sumaron con sus voces a mi cruzada, por eso mi corazón está rebosante en esta mañana soleada de Monterrey, donde estaré tres días en el teatro testimoniando que la vida es una fiesta si escuchamos al corazón antes que intervenga la cabeza, es  decir si escuchamos al amor, es decir a Dios.
 
 
 
 
 
Recuerdo al apache que me dijo al norte de Chihuahua: El Cielo se lleva el agua de los rìos y de los arroyos, pero despuès llora por haberle quitado algo tan esencial a los hijos de su hija, la Tierra, y ese llanto es la lluvia, llanto tan generoso que preña a la tierra, entonces vuelven a surgir plantas y flores, y los animales sobreviven porque pueden volver a beber. Despuès el Cielo vuelve a distraerse con Dios, que lo excita tanto que le aumenta la sed, entonces vuelve a secar rìos y arroyos, cuento que parece que se repetirà por la Eternidad, ese invisible mar por donde navega el misterioso Tiempo.
 
 
 
 
 
Recuerdo al Ganges, que nace de Shiva, el que pone en movimiento al Universo cuando baila, el dios de muchas cabezas porque alberga todos los pensamientos, y todos se hacen uno para que el espìritu lo acalle fàcil y ràpidamente. Recuerdo a Jesùs caminando sobre un mar de leche hacia una isla cubierta de miel, donde de un caracol salìa el brazo donde se apoyaba la mariposa que sigue volando en mi memoria, la mariposa de vidrio que cortaba al muro de hierro.
 
 
 
 
 
No puedo recordarla entera porque la memoria, inevitablemente, selecciona (es el màs antiguo de los antòlogos), por eso solo recuerdo su mejor perfil, sus mejores ideas y sus mejores dìas, cuando adoraba al àrbol como organizador de la Naturaleza, el responsable del equilibrio entre las presiones de las alturas y las gravitaciones de las profundidades, el àrbol que tiene los dones de la longevidad y el silencio, el àrbol que fue la primera y serà la ùltima manera de la arquitectura, el àrbol de la estabilidad que soñamos en la madurez.
La recuerdo abierta a todo gracias a la generosa curiosidad que nos enriquece para enriquecer, viendo las cosas antes porque era la ùnica que podìa pasar del otro lado del horizonte, la recuerdo conmovida en los amaneceres de los pobres, tan diferentes a los amaneceres de los ricos, que casi nunca se dan cuenta que tienen al amor en casa, que suelen estar muy ocupados como para ver el sol, el bosque o el mar. La recuerdo empolvada como una geisha en la mecedora de mimbre, envuelta por el màs liviano hilo blanco, jugando con el collar de cuatro vueltas mientras caìa el sol a un costado de Puerto Prìncipe, la recuerdo reina de la belleza entre los negros que la abanicaban con plumas de avestruz, la recuerdo china, es decir perfeccionando constantemente a su ùnico poema, la recuerdo sentada a los pies de Rubinstein, al que le gustaba beber champagne despuès de Chopin y contar cuentos polacos, la recuerdo gritando en el balcòn parisino: ¡ Està nevando sobre el arte!
 
 
 
Recuerdo a la mujer que Poe enterrò en la pared y al leòn que salìa del refrigerador cada vez que Marìa Callas le abrìa la puerta, y salìa para matarla, para que ella siguiera ensayando la resurrecciòn. Recuerdo a la estrella fugaz que, en realidad, fue ese desconocido que alguna vez me dijo que era mi padre (mi madre decìa que yo esperè que mi padre se fuera para nacer porque no querìa compartirla con nadie, pero pronto me cansè de esa historia, que no era la mìa, y me fuì a vivìr solo, o dicho de otra manera, de una manera màs amable: Una tarde, todos los niños del pueblo volvieron a sus casas menos yo, que al seguir siempre derecho, di la vuelta al mundo, es decir volvì a casa).
 
 
 
Recuerdo el dramàtico estilo literario de las esculturas de Donatello: la Marìa Magdalena hambrienta hasta los huesos, el Bautista con todo el desierto y la gran noticia a cuestas. Recuerdo la brillante violencia de Donatello, que estallò en el siglo quince entre Michelàngelo y los Medicci, entre Leonardo y Ghiberti, que me anticipò las puertas del Paraìso, que me devolviò al Cristo que habìa perdido entre las almas perdidas del Purgatorio, que me rodeò, en los años setenta del siglo veinte, de niños, caballos y àngeles en la Florencia donde floreciò lo que sembrè en Buenos Aires, que se està diluyendo en su propia sombra.
Recuerdo las luminosas oscuridades de Donatello, que regresan a mi en las deliciosas canciones de Richard Strauss, que me hace pensar, a travès de Jessye Norman, como Emerson, que de entre los hombres saldrà el hombre porque en cada hombre duerme el hèroe que reverenciò Carlyle.
 
 
 
 
 
Me contò Rafael Alberti que Picasso le contò que Braque pintaba en el piso que estaba arriba del estudio de Duffy, que hizo mucho dinero diseñando para telas finas, creando estampas para vestidos con los que los ricos envolverìan a las mujeres màs sofisticadas de Paris, dìas en que la pintura estaba tan cerca de la poesìa que Duffy ilustraba los libros de Apolinaire, el Duffy que fue desde las tardes del hipòdromo a las madrugadas del jazz, que se valiò hasta de los caracteres chinos para llegar a la belleza, que nunca le fue esquiva, el Duffy que viendo correr por un pasillo blanco a una niña vestida de rojo se dio cuenta que el color va màs ràpido que la forma, que los dos son independientes, que tienen vida propia, por eso liberò al color de los lìmites de sus dibujos, es decir de la forma, por eso sus obras son tan veloces, tan graciosamente livianas, tan encantadoras como Ninoska, que leìa maravillosas historias en las maravillosas estampas de las maravillosas batas de su maravillosa abuela, que me prodigò sus cortesìas en el Paris de la France, que me enseñò a detenerme donde valìa la pena, detenerme para crecer, por ejemplo frente a cualquier tela de Duffy, tan enamorado de la Cotè d’ Azur donde comencè a sospechar mi antigua aristocracia, a presentir que siempre hay màs, y en ese màs està el arte, donde comprobè que Van Gogh primero incendiaba al trigal, y despuès pintaba el incendio, el arte donde aprendì que cuando uno parpadea el ala aprovecha para llevarse a la paloma que solo se detenìa mucho tiempo en el balcòn de Picasso, y esto para que la pintara una y diez y treinta veces.
Para Duffy posò la misma mujer que eligieron Matisse y Bonnard, el Duffy que, sin ser zurdo, pintaba con la mano izquierda, y esto para no tener absoluto gobierno, para que la obra, ante todo, lo sorprendiera a èl, y en esa sencillez comenzaba, como en Mozart, su trabajo, el Duffy al que solo la artritis pudo detener un poco, y esto para evitarle a la muerte el trabajo de cazarlo.
 
 
 
Recuerdo al conmovedor Schumann haciendo sonar mis màs refinadas cuerdas, a Chopin mecièndome como Bach hubiera mecido a Jesùs si hubiera aparecido antes, y a Beethoven, que me puso de pie tantas veces. Recuerdo a Ben Zander excitando al coro de tal manera que nadie dudaba que le estaba susurrando con los brazos que volaban: Canten como si fuera la ùltima vez porque la ùltima alegrìa es lo que van a recordar de ustedes los que los continuaràn.
Ben Zander invitaba a dialogar musicalmente a la violinista con el violoncellista, ponìa a la pianista en brazos del flautista y a la orquesta en brazos del pùblico, es decir nos subìa a todos a la cima de la montaña para que vièramos a la tierra prometida.
 
 
 
 
 
Recuerdo a Mozart, que fàcilmente halaga a mi oìdo y enciende a mi pecho, que fàcilmente mete a mis brazos y a mis piernas en la danza, que fàcilmente logra que su don sea mi gracia, por eso fàcilmente aparecen las flores en mis ramas, el Mozart tan divertido como pìcaro, por eso causò tanto gozo como desgracias. Era el mismìsimo triunfo de la vida porque hasta para sus enemigos muriò como un dios, lo que era previsible porque en su mùsica se siente el orden divino, el orden que soñò Goethe, el grandioso orden que transformò en belleza a su hambre y a su enfermedad, lo  que explica el misterio de su arte, perfecta armonìa de un universo de sonidos, càlido màrmol blanco en la noche màs negra y frìa.
 
 
 
 
 
Recuerdo a Debussy, al que le gustaba màs la mùsica que el piano, el francès al que adoptò una viuda rusa con once hijos, inteligente, talentosa y pianista, que lo llevò por toda Europa, el Debussy que despuès escapò de la fama porque le quitaba libertad, y sin ella es imposible vivìr, el Debussy al que no dejaban dormir los fantasmas de Wagner, el Debussy que se asociò a Baudelaire en busca de otra cosa, el Debussy envuelto por Monet y por Cèzanne, que le confirmaron que la fuga y el contrapunto no son inevitables, entonces estallò su fauno en plena siesta y apareciò el cuarteto de cuerdas provocado por la mùsica de Java, que lo instalò definitivamente en el impresionismo, el Debussy tan pobre como extravagante, lo que atrajo a Emma, que dejò a un banquero para seguirlo y para que naciera Susù, que tenìa catorce años cuando Debussy muriò para que solo nueve personas fueran al funeral del maestro que no soportò los bombardeos sobre el Paris de la abuela de Ninoska, por eso terminò arrinconado en el sòtano de su casa, triste pero seguro de que todo lo bello llega a ser clàsico.
 
 
 
 
 
En Turquìa vì los tùneles que los extraterrestres cavaron a cuarenta metros de profundidad y de ocho kilòmetrosde de largo, bordeados de càmaras que albergaban a miles de personas que vaya a saber de què peligro escapaban. Màs acà, en Perù, y desde el aire, vì que el desierto estaba tapizado con dibujos durante ciento sesenta kilòmetros, gigantescas figuras de monos, arañas, colibrìes y astronautas, lìneas de veinticuatro kilòmetros de largo hacia el horizonte, lìneas que parecìan ser autopistas o pistas de aterrizaje donde se posaràn los altos hermanos de los cielos que prometieron a los incas y a los mayas su regreso, los que alguna vez vinieron a enseñarles el arte de la comunidad, de la astronomìa, de la agricultura, de las matemàticas y la geometrìa que tanto creciò a los egipcios, entre los que deben seguir estando, como hace cuatro o cinco mil años, donde no se sabe cuàntas elaboradas ciudades nos esperan bajo la arena, los egipcios a los que les revelaron el uso de la electricidad, los egipcios que, como los mayas y los incas, creyeron dioses a los extraterrestres que dejaron pesadas, sabias y bellas huellas en la Isla de Pascua, en Inglaterra y en Francia, donde hace màs de siete mil años dibujaron un enorme ejèrcito con enormes piedras, los extraterrestres que nos dejaron el triàngulo cuatro mil años antes que los griegos, los extraterrestres que visitan a la Tierra desde antes de Adàn, de Caìn y de Abel, los extraterrestres que nos dejaron sus cràneos deformados en todo el mundo, forma que quisieron imitar antiguas civilizaciones, los extraterrestres que tallaron nuestras piedras con precisiòn de rayo làser antes que nuestros antepasados descubrieran el arco y la flecha, los extraterrestres que fueron, entre otros, Cuculcàn, el dios de los cielos, los extraterrestres que guardaron a la gran revelaciòn debajo de las dos millones y medio de piedras que conforman la Gran Piràmide, los que bajaron en los carruajes del cielo a los que pocos vieron llegar, como pocos vemos salir a nuestras naves de Moscù o de la Nasa, los carruajes del cielo de los que hablaban los hindùes desde antes de Jesùs en vedas que todavìa escucho en Nueva York o en Benarès, los extraterrestres de los que Pacal fue una poètica muestra en el Palenque del querido Mèxico donde escuchè reflexionar a Guadalupe: Mi gato no sabe que existe, por lo tanto no sabe que dejarà de existir, como tal vez yo, despuès de la muerte, no recordarè haber existido. De todas maneras, no morimos solos, nos llevamos a los que amamos, o por lo menos parte de sus almas, porque los que se quedan mueren un poco, a veces mucho, para no dejarnos tan solos en el misterioso viaje.
Tal vez con estas palabras estoy dibujando a los que me cuidaràn del otro lado, algunos celestes con ojos azules, otros marrones con ojos negros, otros verdes con ojos amarillos, otros rojos con tùnicas blancas, otros con anillos de oro en las puntas de los dedos, a la manera de los altos muertos egipcios.
 
 
 
 
 
 
 
Recuerdo a los shadus de la India, que se reconocen santos, que se liberaron de las ataduras mundanas, por eso nadie puede tocarlos (hay iluminados que solo se dejan ver de lejos, y para eso dejan un poco abierta la puerta de su casa).
Alguna vez vì còmo bañaban a un viejo lìder religioso en el Gànges, y  despuès còmo le tiraban monedas de oro para honrarlo, hombres que creen que con cada luna llena comienza un nuevo ciclo, por eso es momento de retiro, de purificaciòn a travès del silencio. Recuerdo a Siddhartha iluminàndose debajo del àrbol donde despertò para ser Buda al lado de la serpiente que no es el mal sino la energìa inmortal, la serpiente que cambia la piel para renacer, como el espìritu que reencarna en otro cuerpo una y otra vez (a ese àrbol hay que buscarlo en el jardìn de nuestra alma).
Recuerdo Nara, importante centro budista del Japòn, donde la mano levantada del gigantesco Buda les està diciendo no teman a los budistas que creen que lo que nos impide entrar al jardìn, es decir al Paraìso, es el apego al que creemos nuestra vida, las ilusiones del exterior.
 
 
 
Recuerdo al yeti acercàndose a los monasterios budistas que cultivan el silencio a los pies del Everest, entre lagos y rìos congelados por donde conocì a un escritor japonès que andaba por esas alturas en bicicleta, experiencia que serà un libro que leeremos en un còmoda sillòn y frente a los leños.
Recuerdo la majestad de los montes Himalaya y la nieve en todos sus picos, recuerdo a Shams de Tabriz, el maestro de Rumi, sufì del siglo trece, derviche danzante al que las visiones le llegaban a travès de la poesìa, el que se hincò ante el altar de las galaxias.
Recuerdo a Isaìas: El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande el dìa que apareciò el profeta, el dìa en que se dejò ver, el dìa en que se manifestò para que apareciera en el mundo una nueva persona, la que nos recordarà que el hombre juzga por la apariencia pero Dios por el corazòn.
 
 
 
Recuerdo a los toros de Andalucìa y a los lobos de China, de Rusia y de Canadà, a las ballenas grises de la Baja California y a los pingúinos de Tierra del Fuego en los dìas en que yo ni siquiera sospechaba a esa grandiosa historieta de piedra que es el castillo que hace mucho tiempo albergò a Guillermo el Grande, donde no hace tanto un fantasma tomò a Barbra de la mano para pasarla por la desmesurada pared y dejarla en el valle donde se multiplicò tanto que fue una con el todo, por eso hoy llueve.
Con Barbra vimos renacer a Babilonia en el Festival del Hombre Ardiendo, en ese desierto americano donde cualquiera se siente Pollock, el festival donde està permitido todo, que termina con miles de personas desnudas alrededor de la gran hoguera donde queman a un gigantesco hombre hecho por los hombres, como un Golem americano.
Yo estaba tan seguro que Barbra era el amor como Schliemann que en Hissarlik habìa estado Troya.
 
 
 
 
 
Recuerdo el desierto donde señorearon los turcos antes de la primera guerra mundial, cuando los espìas de los grandes paìses europeos intrigaban aùn màs a la intrigante Damasco, donde los lìderes de las distintas sectas àrabes prometìan unirse para echar a los turcos de los desiertos que siempre les pertenecieron, unirse por primera vez desde los dìas del profeta Mahoma, los àrabes que se temìan unos a otros, por eso se mataban unos a otros, los beduinos que declaraban hombre honorario a la extranjera que se animaba al desierto, lo que comprobò la madre de la abuela de Ninoska, que decìa que nada mejor que un regalo para ganarse a un beduino, por feroz que este sea,que bautizaba a un extranjero invitàndolo a beber leche de camello, lo que puede cambiar tu vida por completo, y Lawrence es un ejemplo porque se convirtiò en el señor del desierto donde las mujeres pasaban a ser propiedad de los asesinos de sus esposos.<BR>
Recuerdo que busquè Bagdad y Damasco camino a la Meca donde, como a todo extranjero, no me dejaron entrar.
 
 
 
Recuerdo que llovìa, siempre llovìa porque era Irlanda, y siempre hacìa frìo, entonces yo volvìa a tener nueve años y Dublin era Tandil, solo cambiaban los nombres y, a veces, los apellidos de la gente, que tambièn usaba gorra a cuadros y corbatas gruesas, la gente clara en los ojos y roja en las mejillas, pero yo no sufrìa porque ya habìa acabado con el sufrimiento que me habìa sido asignado, y si era la niñez nadie me prometìa nada, por eso tuve que inventarlo todo, principalmente a mi mismo, por eso saltè al tren porque nada como el tren para dejar todo atràs,para deshacerse del pasado.
 
 
 
 
Recuerdo a los gigantes que se transformaron en piedra para quedarse por la eternidad en la Isla de Pascua, donde los màs viejos esperan que despierten en cualquier siglo de estos, y recuerdo a las gaviotas que le robaban la pesca a los cuervos en el Mar de Galilea, y recuerdo a las cigúeñas volando sobre la tierra prometida hacia el Africa, sobre las aguas de ese mar por el que caminò Jesùs, y al recordar vuelvo a caminar el Valle del Jordàn entre el silencio y las zorras, envueltas hasta el impresionismo por el vapor de las calientes aguas del Mar Muerto, adonde no se anima la vida, adonde es un milagro un poco de sombra.
Recuerdo al monzòn escondido en alguna parte, esperado por la gente de la India una vez al año, la gente que le teme y lo ama porque sucede en las alturas, entre la tierra y las nubes, porque es una màgica lluvia tropical, y digo màgica porque despuès de èl suceden cosas increìbles, como cambiar el olor de la India, que no es poco, porque despuès de èl todo huele a flores, como si se pasara de la muerte a la primavera, y si digo primavera recuerdo los dìas en que Mar Chiquita estaba pletòrica de pàjaros y robles, al costado del Atlàntico que alguna vez me despertò la sospecha de puertos diferentes.
 
 
 
 
Cuando me quedo quieto a la hora del ocaso recuerdo, por ejemplo a la isla que era un volcàn, un volcàn que era una isla donde nadie sabìa còmo habìan llegado las naranjas y uno de los cuatro cuartetos de T.S.Eliot, aligerado por Ezra Pound, y recuerdo al cuarteto de Chick Corea convirtiendo a un pequeño tema de Ellington en una gran fiesta, y recuerdo a la irlandesa que entre vacas y cerdos criò niños ajenos, y recuerdo los salmos de Sapele, que eran dieciseis, como las lunas de Jùpiter.
Recuerdo a los yaquis que, al preguntarles por què estaban tan quemados, me decìan: Porque anoche saliò el sol, lo que querìa decir que habìan bajado los ovnis, una vez màs, al desierto de Sonora, y recuerdo a las cumbres volcànicas del Alto del Golàn, que cubrieron de lava a los campos de la Galilea anterior a la Biblia, por la que comencè a renacer a cada revelaciòn, es decir a cada acto, como Saulo comenzò a ser Pablo cuando Jesùs, desde las alturas, le preguntò por què lo perseguìa, y recuerdo al griego que recitaba la Ilìada y la Odisea por los caminos que iban y venìan de Atenas, donde los hèroes eran el ideal griego (Homero preferìa una breve gloria a las interminables rutinas cotidianas).
Recuerdo la elegante fusiòn del negro con el marròn de las ceràmicas griegas, que heredò Picasso, que tomaba todo lo que valìa la pena, y si recuerdo a los griegos aparecen las piedras blancas para el sì y las piedras negras para el no en las vasijas del Acròpolis donde naciò la democracia de la que dudaba Carlyle, por eso decìa que era el caos con urnas, la democracia a la que Borges, parafraseando a Shaw, creìa un curioso abuso de la estadìstica.
 
 
 
El deseo no acaba con el dolor, lo propicia. Al no tener deseo no tendràs ansiedad, que es eterno conflicto, es decir enfermedad, es decir dolor. El deseo y la paz son antagònicos porque el deseo sin lìmites (el deseo no tiene fin) seguirà provocando pleitos, divisiones, hasta guerras, y la paz es orden, por eso, para llegar a ella, es inevitable un recto pensar y un recto actuar, y en la paz individual comienza la paz mundial (te daràn lo que das).
 
 
 
Tolstoi abandonò la riqueza, el èxito y la abundante y rutinaria vida social para concentrarse en la sencillez y la frugalidad, por eso andaba descalzo y con ropa de campesino sembrando la tierra. Dejò de fumar, de comer carne y de cazar, y anduvo por Rusia en bicicleta educando a los campesinos. Luchò contra el servicio militar y defendiò, ante todo, la libertad del individuo. Rechazò al Premio Nobel porque despreciaba al dinero y fue el inspirador del Mahatma Gandhi.
 
 
 
 
 
Thoreau, compatriota y amigo de Emerson, era autosuficiente, por eso creìa que si un solo hombre en el estado de Massachusetts se negase a tener esclavos (hablamos del siglo pasado) terminarìa la esclavitud en Estados Unidos.
 
 
 
 
John Ruskin pensaba que la riqueza es una fuerza similar a la electricidad porque ambas actùan mediante la desigualdad: el poder de un dòlar en el bolsillo de un hombre depende de la falta del mismo dòlar en el bolsillo de su vecino. Si uno no lo necesitara, carecerìa de valor para el otro, pero si el necesitado es pobre y està largo tiempo sin trabajo, el dòlar incrementa su valor para el que lo posee, es decir que al perseguir lo que se denomina riqueza, lo que en realidad se busca es el poder sobre los hombres.
 
  
 
Ofrece una fiesta por el vaso de agua que te dieron cuando estabas sediento, inclìnate hasta el suelo por un saludo amable, no ahorres tu vida por el que salvò la tuya, presta atención a las palabras y a los hechos de los sabios, devuelve duplicado el mínimo favor y recuerda que el que es sincero reconoce a todos como uno y paga el mal con bien sin esfuerzo, sin perder la alegrìa. Haz lo mejor porque lo que está bien hecho dura para siempre.
 
 
 
 La ètica es el fundamento de las cosas, la verdad (hay muchas realidades pero una sola verdad) es la esencia de toda moral. La verdad debe ser la meta a la que nos llevarà el amor, que logra el milagro de que paguemos bien por mal.
 
 
 
 
No hagas daño a ningùn ser vivo, habla solo con la verdad, respeta lo ajeno, cuìdate de los bienes materiales que terminaràn encadenàndote (cuando los sentidos te dominan nace el deseo, que desemboca en la pasiòn que origina errores, en el olvido de la verdad, en la destrucciòn de la inteligencia). Haz màs silencio, no escapes de la soledad, que es un maestro, busca la quietud, y si te es posible, cultiva lo que necesitas, esa es la salida para una mayorìa desdichada y hambrienta, esa es la salvaciòn para una minorìa atrofiada por el exceso.
 
 
 
 
El verdadero èxito es alcanzar una vida ètica, moralmente superior, debemos caminar hacia la paz por el ùnico sendero que lleva a ella, el amor que es, ante todo, comprensiòn, respeto por las diferencias que hacen que este mundo sea tan rico, y justicia es armonizar esas diferencias, no suprimirlas.
 
 
 
 
Hay muchas formas de ver y sentir a Dios: Gandhi decìa que Dios es la ley inmutable, Einstein que la luz es la sombra de Dios y Narayana hizo reemplazar las imàgenes de los dioses por espejos. Te adoro, Dios mìo, decìa mi madre frente a la sombra del àrbol.
 
 
 
Somos hijos del que separò la luz de las tinieblas, por lo tanto este es nuestro mundo y la Humanidad nuestra familia, y mira què familia: Somos hermanos de Salomon, el que sabìa que de nada vale el pesar porque no podemos cambiar los tiempos del Señor, pero nos queda la alegrìa de  hacer el bien en el tiempo que sea. Somos hermanos de Isaìas, a travès del cual el Señor nos dio la fòrmula: Solo quiero que sean buenos, que hagan el bien, entonces los iluminarè para que sean fieles a la vida que les dì, que es todo lo que yo, vuestro Padre, quiero para ustedes, mis hijos. Somos hermanos de Heràclito, el que nos alertò que no bajaremos dos veces al mismo rìo pues no nos bañaràn dos veces las mismas aguas. Somos hermanos de Jesùs, con el que comenzò todo de nuevo. Somos hermanos de Buda, que nos enseñò a no preocuparnos porque lo real no puede ser cambiado y lo irreal no existe. Somos hermanos de Gibràn Jalil Gibràn, que nos recordò que nuestros hijos son hijos de la vida. Somos hermanos de Demòcrito, el que se hizo quemar los ojos para poder pensar porque las bellezas del mundo lo distraìan. Somos hemanos de San Agustìn, el que sabìa que ni a la verdad ni al culpable se los debe buscar fuera porque estàn dentro nuestro. Somos hermanos de Lao Tsè, que nos advirtiò que una mano ocupada es una mano perdida. Somos hermanos de Pascal, que sabìa que todos los problemas del hombre radican en que no sabe quedarse quieto y solo de vez en cuando para recordar quièn es y dònde està. Somos hermanos de Freud, por el que sabemos que llevamos dentro un inquilino que llamamos inconsciente, que nos mete en problemas pero que tambièn nos dicta los poemas y las canciones. Somos hermanos de Kant, el que proponìa una sola aristocracia, la del espìritu, y un solo privilegio, la inteligencia. Somos hermanos de Krishnamurti, que nos enseñò que la revoluciòn fundamental es revolucionarse. Somos hermanos de Neruda, el que sabìa que la vida nos espera a todos los que amamos el salvaje olor a mar y menta que tiene entre los senos. Somos hermanos de Borges, que nos previno que es en vano que golpeemos la puerta porque estamos adentro. Y como si esto fuera poco, habitamos un palacio que tiene cinco continentes de extenciòn y tenemos todo el tiempo que hay.
 
 
 
 
La necesidad te convertirà en un hèroe que caminarà hacia el pròximo milagro, que serà el despertar del hombre, entonces ya no viviràs en vano sino para crear lo nuevo, que te acercarà a la bendita semejanza con la que recuperaràs al fuego, a la estrella, al tigre y a la flor, maravillas que nos continùan y a las que continuamos.
 
 
 
 
 
Tù eres la causa, el responsable de todo lo que te sucede, por eso no le debes echar la culpa a nadie de tu suerte, que solo depende de tu voluntad, de tu esfuerzo. Cuando hablas de situaciones difìciles olvidas que hay millones de hermanos que las superan. A ti te falta el dinero pero no a los que trabajan con verdadera vocaciòn, hacer lo que uno ama es el secreto de la verdadera fortuna, cuando haces lo que amas te va bien hasta cuando te va mal. Tu pobreza es obra tuya, no de los optimistas que buscan lo positivo de la vida, que no se distraen con lo negativo de los hombres, tu dolor, tu mala situaciòn es obra tuya, tus dificultades y tus desdichas te pertenecen, tù eres el ùnico responsable de la direcciòn que lleva tu vida, de todas maneras, el fracaso es normal, solo tu miedo le da categorìa de desastre (¿Quièn habla de victorias? Sobreponerse es todo, escribiò Rilke, e Isaìas decìa, en las buenas y en las malas: Esto tambièn pasarà).
Es hora de que te dejes influìr por los fuertes, por los luchadores, por los pioneros que constantemente abren nuevos caminos, te falta audacia, valentìa, dejar a un lado los pretextos. Acepta los retos con alegrìa, ella le pondrà alas a tu trabajo, levàntate ahora mismo, cruza las calles y los valles con devociòn, anìmate a la cima de la montaña, que siempre te espera.
 
 
 
Despuès de tanto caminar aprendì que hay una sola religiòn, el amor, un solo lenguaje, el del corazòn, una sola raza, la Humanidad, un solo Dios, y està en todas partes.
 
 
 
Nacemos para vivìr, y la herramienta para vivìr es el amor, que nos lleva a comprender lo que nos rodea, y solo en armonia es posible vivenciar, sentir la vida, que es dificil hasta que comprendes que es muy fàcil: hay que escuchar al corazòn antes que intervenga la cabeza.
 
 
 
Aflòjate, no tienes que cuidarte porque aqui no hay enemigos, aqui hay un hermano, aqui no tienes que vender o comprar nada, aqui el tiempo no importa porque señorea la eternidad, aqui no se blasfema, aqui se bendice.
 
 
 
 
 
Mi madre fue la primera buena noticia que recibì, se llamaba Sara y la elegì como madre por la misma razòn por la que Dios la eligiò como hija. Nunca pudo ser inteligente porque cada vez que estaba por aprender algo llegaba la felicidad y la distraìa, nunca usò agenda porque solo hacìa lo que amaba, y eso se lo recordaba el corazòn, es decir se dedicò solamente a vivìr, y no le quedò tiempo para otra cosa.
 
 
 
 
 
El Universo siempre està dispuesto a complacernos, por eso estamos rodeados de buenas noticias: cada mañana es una buena noticia, cada hombre justo es una buena noticia, cada niño que nace es una buena noticia, cada cantor es una buena noticia porque cada cantor es un soldado menos.
 
 
  
No fue màs misterioso caminar el misterioso mundo ni buscar en el arte la bendita semejanza con el Creador ni trajinar los laberintos de la mente en busca de respuestas a la preguntas del corazòn. No fue màs misterioso descubrirme en los otros ni perder, màgicamente, el camino de regreso a la que, misteriosamente, era mi casa. No fueron màs misteriosos esos misteriosos asuntos que coincidir contigo en este punto del planeta para alimentar al amor, misteriosa razòn del Universo.
 
 
 
 
 
Ayer soñè que podìa, y hoy puedo.
El sueño es un regalo anticipado de la vida, que en cada uno de ellos nos revela que està aqui nomàs, que la alcanzamos cuando nos damos cuenta, por eso el primer mandamiento del hombre verdadero es darse cuenta.
 
 
 
 
Si dejamos morir a nuestros sueños seremos pobres, si los cuidamos y ponemos en pràctica seremos ricos. El sueño nos hace salir a la calle con un sì en el medio del pecho, entonces provocamos lo mejor en cualquier parte, pero un gran sueño solo se cumple despuès de un gran sacrificio, aunque trabajar para un sueño siempre es una fiesta.
 
 
 
 
 El sueño es un instinto que nos lleva al triunfo, el sueño es una manera poètica de la intuiciòn, hoy estamos donde soñamos ayer (yo estoy caminando el mundo que soñè y cantando la canciòn que intuì), cada cosa que vemos es el resultado del sueño de alguien, desde La Pietà de Michelàngelo al Empire State de Manhattan, desde la Consagraciòn de la Primavera de Stravinsky al Cadillac Seville, desde las màquinas fotogràficas a la computadoras.
 
 
 
 
 
De vez en cuando me detengo en la soledad y en el silencio que propicia, el silencio donde todas las palabras pierden autoridad, significado, o recuperan el verdadero dentro nuestro, entonces lo que sucede afuera es solo un murmullo, monòtono y lacerante, estèril. Nada màs tranquilizante que liberarse de las opiniones, del querer impresionar a los demàs, entonces entramos en la verdadera realidad, que es el silencio donde nos reencontramos con lo esencial, el silencio que fue el maestro de los solitarios que fundaron las escuelas y las religiones, el silencio que tiene las raìces màs profundas. Y en la soledad vuelvo al Antiguo Egipto, donde las universidades se llamaban casas de vida, donde los jòvenes aprendìan el significado de los jeroglìficos, de la geometrìa, de las matemàticas, de la medicina, de la astronomìa y de todo lo relacionado con los ritos y el mantenimiento de los templos, es decir aprendìan lo que debìan saber del màs allà y del màs acà.
En la soledad vuelvo a Juan el Bautista, que era un esenio practicante (se ve en sus hàbitos de vida y su manera de bautizar), un asceta judìo, ermitaño, establecido en la zona de Qumràn, en una tribu sacerdotal, poseedora de una revelaciòn divina que creò una manera especìfica de interpretar las Escrituras, un sistema alrededor de la Torà.
 
 
 
  
Tengo que recuperar algunas nostalgias y unos cuantos pasos de tango para que me dejen entrar a Buenos Aires, ciudad perdida para el mundo de mi presente, tengo que cerrar muchos puertos para volver a la realidad de un lugar que alguna vez, para mi, fue el centro del planeta.
 
 
 
 
Me dijo mi abuela a los noventa: La quietud y el silencio son propicios para recordar al abuelo, que llegò una tarde cualquiera para ocuparlo todo desde que se sentò a la mesa: los rincones y los baùles del desvàn, los jarrones, las camas incendiadas de las mucamas y las camas inocentes de los niños, la biblioteca que Borges pensò para nosotros y la cocina donde Matilde me criò con excesos. Y como llegò se fue, y en el silencio doloroso que llenò la casa tuve que acostumbrarme al vacìo que quedò en la mesa, en los rincones, en los baùles del desvàn, en los jarrones y en las camas, en la biblioteca donde ni Lorca cantaba. Despuès, entre dos almohadas, me puse a pensar un rato largo còmo se hacìa para seguir viviendo, y lo estoy consiguiendo.
 
 
 
 
 
En el silencio de la mente te sentiràs entero, sin pensamiento sentiràs que eres parte del Universo, no una sola cosa, capricho del pensamiento. Los pensamientos son nubes pasajeras en un cielo permanente, caprichos que van y vienen, y lo que no està siempre no existe, es una supersticiòn màs del pensamiento, y la mayorìa tiene la cabeza llena de supersticiones, hasta habla de estados mentales como si existiera la mente.
Deja de buscar y te encontraràs con todo constantemente, buscar es una fuga màs, un capricho del deseo que solo trae ansiedad, y èsta conflictos. Buscar es escapar del presente, que es todo lo que hay, es absurdo buscar una cosa en el Universo donde todo es uno, Universo es totalidad, y cuando vivas lo que hay en cada momento estaràs en contacto con todo, por eso buscar es una ilusiòn màs, una supersticiòn que te empobrece, como elegir a otro para que dirija tu vida, ni siquiera tienes que buscar a Dios porque Dios es todo lo que hay, lo que llevas dentro y lo que te rodea, como a Picasso no le hizo falta buscar porque estaba tan atento, tan despierto, que siempre encontraba.
 
 
 
 
 
Pensar es un proceso, no una sustancia, ni siquiera sabemos si existen esos rìos y esas montañas, si esto que llamamos vida no es la muerte, tal vez Jesùs no hablò metafòricamente cuando dijo: Moriràs para nacer.<BR>
Solo existe el uno, no la multitud, pueblo y patria son abstracciones, como verdad y justicia. Tranquilìzate, no hay mente sin pensamiento, y sin pensamiento todo te parecerà natural, entonces no habrà enojo, miedo ni conflicto, el vivìr es todo lo que hay, como en el infinito no hay distancia ni apuro en la eternidad.
 
 
 
 
Descansa, relàjate, nunca entenderàs a la vida, pero puedes vivirla (te gusta la manzana, es suficiente que te la comas), solo un joven, o un tonto, puede creer que sabe què es la vida, yo solo sè que es generosa y bella, y con esto me bastò para gozarla (hasta ahora setenta y tres años), aceptarla es la mejor manera de comprenderla, entonces la inocencia es la puerta para entrar a la vida.
La mente siempre analiza, siempre pregunta, por eso siempre es conflicto, un bullicio de palabras que confunden a cualquiera, por eso hay que quedarse quieto y en silencio para descansar, para vivenciar a la paz, a la placidez, para sentir la plenitud, y esto porque la mente, como una burbuja, como el arco iris, es una apariencia, por eso pensar siempre es una supersticiòn, una ilusiòn que nos lleva de conflicto en conflicto, el pensamiento que nos hace creer que hay una mente personal, por eso, sin pensamiento, no hay mente.
La vida es alivianarse, dejarse llevar, de todas maneras sucederà lo que tiene que suceder, y cuando te dejas llevar (inevitable, naturalmente) sucede la fiesta que es el vivìr, entonces te excita, no te asusta, el fuego de la vida.
 
 
 
 
El dolor està en la periferia y el sufrimiento en tu cabeza, pero ninguno de los dos afecta a tu esencia, que ni siquiera los tiene en cuenta, pasaràn, y tu esencia seguirà por la eternidad porque es parte del Universo (el lobo marino no muere contra las piedras del acantilado, pasa a ser parte del mar). El dolor està en tu cuerpo, en la periferia, el èxtasis dentro tuyo. Olvida a la periferia, al afuera, a la sociedad, vacìate de todas esas supersticiones y conoceràs a la plenitud, que es el Paraìso en la Tierra, que es parte del Cielo.
 
 
 
Vive la totalidad, no te reprimas porque la represiòn te aleja de la totalidad, por eso nunca aprendes nada, y por eso vives conflictuado. Acepta lo que es, y alcanzaràs la sabidurìa, estaràs còmodo en cada circunstancia, y que no te distraiga la sociedad, que te lleva de condena en condena porque todos son jueces de todos, y esto hace que todos se sientan culpables.
La vida te da mucho tiempo, y la muerte es solo un momento.
 
 
 
No hagas nada por miedo porque lo aumentaràs, la confusiòn aumenta la confusiòn, la culpa aumenta la culpa que venimos heredando hace siglos, que nos hace ver a Dios como un juez, no como un padre, el Padre.
Acepta el miedo y desaparecerà porque es solo una supersticiòn de tu cabeza, de la memoria que ha sido saturada de miedos (la aceptaciòn termina con el problema). Dì lo que tienes que decir y estaràs màs liviano, desaparecerà lo que no te deja dormir. No te mientas, entonces todo lo que digas serà verdad, y eso traerà paz a tu vida y salud a tu entorno, libèrate del odio y tu horizonte se ensancharà, y recuerda que los que se exigen el celibato es porque son vìctimas de un exceso de sexualidad, les importa demasiado el sexo, por eso se lo prohiben, lo que confirma que no se liberaron de èl, como los que se exigen la paz es porque siguen ardiendo de guerra. Nada puede ser impuesto, lo impuesto no cambia nada, y nada es malo ni bueno, y entender esto trae liviandad, tranquilidad, todo es lo que debìa ser, de lo contrario no serìa, no puedo cambiarlo pero sì aceptarlo, entonces no hay conflicto, y si no hay conflicto la vida sucede naturalmente, la vida que puede traer otra primavera o un nuevo tumor, que a mi, en lugar de matarme, me despertò.
Querer escapar de un sufrimiento es crear otro, que crearà otro, y otro y otro, y asi hasta lo infinito, y lo ves en la sociedad, donde hasta la tecnologìa termina trayendo muerte. No se puede evitar al dolor porque es fìsico, pero si al sufrimiento, que es intelectual, un monstruo creado por nuestra mente.
 
  
 
No busques la luz afuera porque la llevas dentro, la tierra prometida està en uno, y a esto lo comprobaràs cuando despiertes, la vida te dio todo lo necesario al nacer, ponlo en funcionamiento y alcanzaràs la plenitud, dèjalo suceder, que no te distraiga el pensamiento, barrera que no te permite llegar a tu centro, y libèrate de todo apego porque eres el ùnico responsable de tu vida, que te llevarà al èxtasis porque la vida es una fiesta, vale la pena animarse a ella y sus peligros, que es lo que la hace màs excitante (los viejos sioux les dicen a los jòvenes sioux: Los caminos de la vida los pondràn, inevitablemente, frente a un abismo, salten, y comprobaràn que no era tan grande como parecìa).
 
 
 Olvìdate de lo social, que es una abstracciòn, vive con los individuos, que es lo ùnico verdadero, con los que quieren vivìr, y mira desde tu centro, que es el que ve todo, al que solo le llega lo esencial, lo que necesitas para vivìr, sin esfuerzo, que es antinatural porque solo debe moverte la fuerza de la vida, por la que sentimos que la madre es la Tierra y nuestro padre el Cielo.
 
 
 
 
 
 
 
Podrás renacer cuando te liberes del que no eres, al que te obligaron a ser los que nunca fueron, y ese milagro puede suceder ahora mismo (la vida es una sucesiòn de milagros), y recuerda que no hay purificaciòn sin destrucciòn ni nacimiento sin dolor, el dolor que no se puede evitar pero si atravesar, y esa es la gran victoria, la que te darà alegrìa eterna, y estaràs entero porque solo muere lo que sobra, lo verdadero no puede morir. Escribiò Rilke: ¿ Quièn habla de victorias?, sobreponerse es todo.
 
 
 
 
 
No le temas al vacìo, no creas que es la muerte, no lo llenes con doctrinas, con malas costumbres heredadas, deja que la vida te llene todas las mañanas, entonces volveràs a ser un niño, jugando de asombro en asombro en la existencia, que es plenitud.
 
 
 
 
 
 
 
Estoy aqui para recordarte que en una cabeza llena no puede entrar nada, y la vida es el milagro que pasa constantemente, por eso hay que estar vacío para sus novedades, no lleno de opiniones, de teorías y de análisis que solo traen conflictos, basura que enferma y asfixia a la cabeza, por eso jamás encontrarás a un intelectual feliz, siempre fragmentado por tantas preguntas, perdido entre ellas, fuera de él mismo.
 
 
 
 
 
Para los antiguos, el mundo era esencialmente forma, por eso veìan a la infinidad como una imperfecciòn, por eso preferìan lo determinado, por eso amaban a la belleza precisa, a los lìmites que impone la mente, a los contornos que ilumina la imaginaciòn, por eso representaban a lo absoluto con una esfera y veìan algo divino en la simetrìa, por eso el deber religioso del artista era crear formas, y ligarlas para sentir al Universo. Sin el arte, decìan, el mundo es un teatro a oscuras.
 
 
 
Para un cantor, Paracho es un paraìso porque todo el pueblo se dedica a la fabricaciòn de guitarras, y esto en el corazòn del Michoacàn de los purèpechas, que se mueven como sombras entre los templos de colores, y en ese àmbito, las canciones estàn al alcance de la mano, solo hay que estar atento porque suelen ser muy sutiles.
 
 
 
 
 
La poesìa es la presencia del sueño en la vigilia, el inconsciente hacièndose oìr, altos datos que nos acerca la intuiciòn, la poesìa me despertò y me crece constantemente con sus hijos dilectos: Homero, Whitman, Rilke, Verlaine, Rimbaud, Neruda, Blake, Dickinson, Vallejo, Goethe, Quevedo, altas voces que me enseñaron que no es suficiente escribir poesìa, que es necesario vivìr poèticamente.
 
 
 
 
 
Cada mañana, cuando me siento a escribir, recuerdo a Thomas Carlyle, que dijo que el arte de la escritura es la cosa màs milagrosa que imaginò el hombre. Y el hombre es lo que hay que salvar, y tambièn el salvador, y se salva para perdurar, para continuar en los otros, y eso alcanza el verdadero artista, y si hablo de salvaciòn, la recuerdo naciendo para todos en el cristianismo y elevando a unos pocos despiertos en la alquimia, y escribir es una manera de la alquimia: jugar con las palabras hasta encontrar las frases de mejorarlo todo.
 
El arte es lo ùnico que està a salvo de la muerte porque es la manera màs bella del amor, el ùnico que puede modificar a la obra de Dios, y esto porque el artista se anima a la bendita semejanza con el Creador, por eso el arte es la màs alta religiòn, la armonìa de todas las formas, la màs bella de las metamorfosis, una constante meditaciòn, la màs elevada espiritualidad, y es tanto lo que veo por el arte que no lo puedo contar todo, eso es el banquete de la vida, interminable y excitante desde las deliciosas vasijas de barro negro que hacen en Oaxaca a la poesìa que me acercan en donde sea que me detenga a celebrar la vida (eso es un concierto mìo), desde las encantadoras andaluzas con sombrero al saludable silencio de los tarahumaras, desde la voluntad que me pone de pie cada mañana a ese desierto donde la Historia cambiò de direcciòn.
Es tanto lo que me ofrece la vida que tengo que elegir constantemente (un pretexto para ejercitar la inteligencia), de todas maneras, los caminos me llevaràn a todas partes porque a la canciòn la trae y se la lleva el viento, por eso Leòn Felipe escribiò: El viento es un exigente cosechero, es el que elige el trigo, la uva y el verso, el buen vino y el poema eterno, el que sella el buen pan, mi antòlogo.
 
 
 
 
 
Todo acontece, como el arte, por eso todo es encontrado, es solo una supersticiòn creer que buscamos, tampoco podemos nombrar, solo nos aproximamos con metàforas, con sìmbolos, como los mayas, que sentìan que este paraìso era territorio de los dioses, y era tan claro frente a tanta belleza.
Solo indicios que nos hacen sospechar, que es lo que nos mantiene excitados, eso es el arte, por eso mi obra artìstica està en las manos del inconsciente, el exterior solo le da algunos datos, condimentos para matizar.
 
 
 
 
 
Las ruedas de prensa son ejercicios literarios, un pretexto social para jugar con las palabras, para transformar todo testimonio en un cuento, al fin y al cabo eso es la vida.
Estoy feliz con mi tarea, que es poner luz nueva sobre viejas verdades.
 
 
 
 
 
Hay ciudades que por estar al lado de mares y de rìos se van de viaje a cada rato, y suelen volver enriquecidas, y hay otras entrañablemente encadenadas a sus estrellas. Sospecho que en una de estas me quedarè a esperar a la eterna vencedora, que me llevarà de la mano hasta donde la vida es liviana y para siempre.
 
 
 
Dijeron los que estuvieron antes que nadie en la tierra mexicana: Aunque sea de jade se quiebra, aunque sea de oro se rompe, aunque sea de plumas de quetzal se desgarra, nada es para siempre en la tierra, todo es un momento, pero cada momento es la eternidad.
 
 
 
Si las casas se confunden con el paisaje, si jamàs lo rompen, si son como gigantescos animales de colores, divertidos y felices de estar en este mundo,  si cada casa es una luminosa revelaciòn, una cuna sin lìmites, si el verde continùa a su amarillo y los cerros al verde, si los muebles surgen de la tierra y la casa, de lejos, es un hongo llegado de otro planeta, es una casa construìda por Senosiaìn, un alfarero que le hubiera encantado a Gaudì, al que tal vez lo sospechò Octavio Paz cuando escribiò: Reverdecìa el cuarto donde nacìan los àrboles y el agua, habìa ramos y sonrisas entre las sàbanas y anillos a la medida de la dicha, y pàjaros imprevistos entre tus pechos, y plumas relanpagueantes en tus ojos.
 
 
 
En el escenario tengo claro que si la palabra quiere llegar a ser mùsica hay que pasar por Lorca, que para volver aùn màs brillante a Granada pasò por la Residencia de Estudiantes de Madrid, por donde pasaron Einstein, Bergson, Freud, Valery, Madame Curie, Juan Ramòn Jimènez, Miguel de Unamuno, Ortega y Gasset, Rafael Alberti, Buñuel y Dalì.
Desde los musulmanes, toda la llanura era regadìo en Granada cuando Federico iba creciendo hasta Lorca entre la zarzamora y los hinojos donde recreaba a las viejas canciones que colgaban de los balcones donde jazmines rojos sensualizaban aùn màs a mujeres de ojos negros. Todo era ritmo y gracia para que Federico fuera Garcìa y Lorca, es decir la poesìa, allì, entre los cerros y los sauces por donde anduve escuchando a sus fantasmas, dolientes pero siempre enamorados.
 
 
 
Los libros me llenaron de datos para encontrar belleza en todas partes, por eso siento en el esqueleto la presencia de los libros, presiento un bello orden, miles de cosmogonìas girando alrededor de un punto, todos los tiempos en el ahora mismo, las màs antiguas mañanas en una sola tarde(esta misma), el Universo encerrado en la magia de las palabras. Para mi, la biblioteca es la manera màs lùcida del sueño.
 
 
 
Para mi, la biblioteca fue un anticipo del Paraìso, una manera màs alta y sutil de la realidad, una posibilidad de salvaciòn. En ella encontrè un gran libro de tapas negras y letras doradas que (lo sospechè desde el primer momento) tenìa maravillas para mi: la Biblia, el libro de los libros, por eso toquè sus finas hojas con mucho cuidado, tenìa miedo de herir a Isaìas, de molestar a Salomòn, de estorbarle el èxodo a Moisès, de distraer a Jesùs.
En aquella primera biblioteca habìa toros que eran hombres y hombres que eran monstruos, noches de luna ardiente, gente que seguìa siendo inglesa en la India, una ballena blanca, magnìfica e inapresable, àngeles que solo bajaban para enriquecer a la poesìa, patriarcas y caudillos, laberintos de altas paredes que excitaron al ciego memorioso hasta el ùltimo minuto de su vida, uvas para la Matilde chilena, vino debajo de la luna del persa, golpes en la espalda del poeta peruano, aniversarios, làmparas generosas y cosmologìas, crònicas marcianas, el Martin Fierro que cantò por mi antes de mi, Plotino, Chuang- Tzù, Ezra Pound, Thomas Mann, Flaubert, Shakespeare, Poe, Twain, maestros que el tiempo ha mudado de la biblioteca a mi memoria.
 
 
 
 
 
Pocas cosas me dan tanto placer como recordar en mis conciertos la magna sentencia de Whitman: El que camina un solo metro sin amor, avanza amortajado mil metros hacia su propio funeral.
 
 
 
 
 
La cabeza le pone palabras a lo que siente el corazòn, como el alma ilumina a las tinieblas del cuerpo, como el dragòn de los antiguos se devoraba a si mismo para renacer nuevo, y todo esto es parte de la divinidad que pocos sienten pero muchos sospechan, por eso, de alguna manera, todos sabemos que el creador y lo creado son la misma cosa.
 
 
 
 
 
En Tijuana recordè a Jung, que nos recordò que los extremos de la cruz corresponden a los cuatro puntos cardinales: el toro cretense fue hacia el sur, los caballos de Diomedes hacia el norte, los bueyes de Hipòlito hacia el este y los de Geriòn hacia el oeste.
La vida es un viaje, y recordando el mìo recuerdo los de Marco Polo, los de Enoc, los de Hermes y los de Alejandro, que descubriò el sepulcro de Hermes.
En esa excitante punta de la lìnea que es Tijuana recordè a Prometeo, que fue un anticipo de Jesùs, que es el centro de la cruz, es decir el centro del infinito, el centro de la vida.
 
 
 
 
 
 
 
Salimos de Hermosillo entre grillos gigantes y de color naranja que parecìan visitantes de otras galaxias a los que se les notaba una alta inteligencia, como a los delfines con los que tantas veces nadè en Puerto Vallarta y en Xcaret, donde mis canciones fueron màs verdes que nunca y mi corazòn màs agradecido.
Los Salmos y Whitman ( que al fin y al cabo era un salmodista, como Francisco, el de Asis) me enseñaron a agradecer y a festejar de la manera màs bella posible, por eso el Cantar de los Cantares sigue resonando en mis conciertos, por eso lo mìo es religioso en el màs amplio sentido de la palabra, y era previsible porque me enseñò a leer un jesuita, màs aùn, me enamorò de los libros, cajas de Pandora infinitas de tan profundas, los libros que me enriquecieron y me metieron en el mundo, los libros donde encontrè a los siete dioses que se transformaron en los siete metales de la alquimia, y a las doce estrellas que antes fueron los doce apòstoles y hoy los doce meses, los libros donde vì transformarse a la tierra en agua, al agua en aire y al aire en fuego porque Dios habìa hecho girar a la rueda de los elementos, la que gira por las cuatro estaciones del año y las cuatro regiones celestes, la rueda que se agranda y se convierte en la rueda solar, que tiene a los hèroes como hijos dilectos. Los libros me alertaron que el Cielo se repetirà en la Tierra hasta que la Tierra sea celestial, es decir espiritual, y el Cielo terrenal, y en esa uniòn estarà concluìda la obra de Dios.
El cìrculo que describe el sol es la lìnea que vuelve a si misma (como la serpiente que se muerde la cola), lo qu nos permite reconocer a Dios.
 
 
 
 
 
Con Luciano, el de la escuela de desaprender, siempre recordàbamos a los griegos, que llamaban Epimeteo al primer hombre, que nunca aceptò los regalos de Zeus, como yo no acepto los dones que me cuelgan los demàs, decìa Luciano entre los dos rìos que eran uno cuando llegaban al mar, las alabanzas que me agobian, que me acortan los pasos, que me quitan libertad, decìa mientras cosìa los agujeros de la manta que lo abrigò durante años, y vièndolo yo pensaba: ¿ Cuàntas tierras formaron a este hombre? ¿ Còmo llegò de tan lejos a esta tierra, tan propicia a sus vuelos?, porque en Luciano se juntaban Pascal y Pacal, Tutul Xiù y Voltaire, el Coran y el Popol Vuh, Hermes y el Chilam Balam. Luciano era un viaje maravilloso de Egipto a Grecia, de Grecia a Roma, de Roma a Francia y de Francia al querido Mèxico, que es un Egipto contemporàneo, por sus luces y sus misterios, por la magia que vibra desde los càctus a las piràmides.
 
 
 
Lo que hoy es Hermosillo se llamò Pitic, que significa el encuentro de dos rìos, el de Sonora y el de San Miguel, asiento de los indios pimas, siempre hostigados por los seris, a los que conocì en la Isla Tiburón.
En los años setenta conocì a otros dos rìos, el de los mayos y el de los yaquis, una especie de Franja de Gaza precolombina, y en el medio de esa tierra conflictiva vì bailar, por primera vez, la danza del venado, que es el hombre metiéndose, devocionalmente, en el animal que para los yaquis es una bella gentileza de los dioses, entonces fui uno con los dos, y lo sigo siendo con la flora y con la fauna que me rodean, y a veces con el Universo, como en el concierto de Hermosillo, cuando la danza de las palabras fue rodeàndolo todo, abrazando todo, entonces volvì a sentir a la bendita semejanza, por eso pude ordenar la felicidad para todos, elevado por el viento que viene de siempre, que lleva al polvo con el que recrea el destino, el polvo donde son uno los cuatro elementos.
 
 
 
 
 
El desierto se tiñò de rojo a la puesta del sol, y en medio de ese grandioso espectàculo llegamos a Guaymas, que està a la vera del Mar de Cortès, siempre en el territorio de los yaquis, que fueron grandes guerreros, y hoy parte de mi vida.
 
 
 
A mitad de camino entre Ciudad Obregòn y Guaymas està Vicam, y allì la milagrosa Marìa Matus, una chamàn yaqui que puede armonizar a cualquiera, que entra y sale de su cuerpo cuando se le da la gana, llena de poder desde el polvo de sus abuelos, misteriosamente anoticiados del primer hombre, al que los caldeos, los medos, los partos y los hebreos llamaron Adàn, es decir tierra virgen, roja como la sangre en el lenguaje de los àngeles, segùn los hebreos, a los que Hermes tradujo al griego y al egipcio.
A Marìa  Matus la auxilian los cuatro elementos, con ellos no hay enfermedad ni triteza que se pueda oponer, dice a sus muchos años, tal vez cien, calculan los que la rodean, tan cuidada como los manuscritos de la biblioteca de los Tolomeos donde estaba todo lo que fue desde el principio y todo lo que sucediò desde el primer hombre, que para ellos fue Thoyth, que estaba en todos los santuarios, como Osiris, el que era, segùn Hermes, tan de siempre que no se le conocia el origen, Osiris, al que la miel del Paraìso le concediò la inmortalidad, nos recordaba Turok en Alejandrìa, donde todavìa los ancianos le llaman lugar de refugio a la mujer, que arde en el plexo solar para moldear la vida, nos dijo Marìa Matus mientras le sacaban las sandalias para que recociera al polvo en el que se convertirà, el polvo que volarà en el viento por la eternidad.
 
 
 
 
 
En medio de los dioses que se quedaron quietos en las piedras me sucediò el fuego que los artistas llaman inspiraciòn y yo revelaciòn porque todo lo que sucede ya estaba escrito, ante todo el arte, que es la lengua original de Dios, y el desierto es el espejo donde me reencuentro con los tesoros, principalmente con la piedra filosofal, que me devuelve las alas que habìa perdido en las estèriles luchas de la vida cotidiana.
 
 
 
 
 
El alimento de la vida eterna baja del Cielo, y solo en el desierto lo entendemos, por eso la alegrìa de mi alma, la serena alegrìa de la que en cualquier momento volverà a ser parte de la inconmensurable alma del Universo, pensè en un momento porque los cuervos andaban cerca, como reclamando mi esqueleto.Para un desalmado, me dijo un viejo yaqui, el mediodìa en el desierto es el Infierno, el desierto donde hubiera bastado un solo golpe entre dos piedras para que surgiera el fuego, centro de toda ceremonia, el fuego donde regresan los dioses para poner a nuestras almas en orden, y esto lo sabe el coyote solitario, que solo se deja ver cuando encendemos el fuego, me dijo el viejo yaqui mientras se alejaba Ciudad Obregòn y se acercaba Guaymas, donde continuè la ceremonia que comenzò cuando dejè de pelear para comenzar a vivìr, cuando dejè de acusar porque ya me habìa perdonado, lo que me sucediò en Mèxico, donde dejè de buscar porque era más lo que encontraba.
 
 
 
En el desierto de Sonora sentì al fuego purificador de la vida, por eso todo estaba quieto, reverencialmente quieto, hasta el viejìsimo e interminable tren era màs una visiòn que un hecho, un fantasma de hierros oxidados que solo por un instante rompiò al silencio de ese desierto donde se quemò lo que me sobraba con solo cantarle a los misterios, donde fuì nuevo de tan viejo, donde con cascabeles chinos me sumè a los cascabeles yaquis que le ponìan ritmo a la danza del venado.
 
  
 
Mi primer desierto fue la Patagonia, donde descubrì a los mesurados y enigmàticos cantores que, sin laderos, se confesaban pùblicamente a travès de la milonga, que es una declaraciòn de principios, y despuès de oìrlos me sentìa mejor, honrado hasta el ùltimo hueso, como corresponde a un poseìdo, màs por la ètica que por la estètica. La guitarra era la conciencia externa de esos àridos juglares que me envolvieron con una atmòsfera màgica que no ha dejado de acompañarme, todavìa no concibo una manera de orar màs profunda. La copla era la contraseña para llegar a los campesinos, orgullo de los cantores, pricipio y fin de su canto, que comenzaba cuando to suponìa acabados los caminos, y el dìa que escuchè a la voz mayor, Atahualpa Yupanqui, supe que ese serìa mi oficio.
 
 
 
Despuès de Cancùn cantè en Atlixco, un delicioso pueblo colonial entre volcanes, y fue en el patio central de un convento del siglo diecisiete, y el concierto volviò a convertirse en una comuniòn de dos mil personas que llegaron de muchos pueblos, y despuès Hermosillo, que ardìa ( como siempre ) en el medio del desierto de Sonora, el de los yaquis, donde alguna vez, en la Bahìa de Kino, me juntè con los vagabundos del Mar de Cortès, hombres que andaban a la deriva por las aguas, que de vez en cuando se juntaban en una isla rodeada por los tiburones ( la Isla Tiburòn) para conversar sus soledades, sus densas soledades, sus pescas insòlitas y sus lecturas, luminosas y filosas como sus vidas, y por ahi cerca andaban los seris, antiguos habitantes de la isla, altos y silenciosos, fieles custodios de los grandes secretos de sus abuelos, me dijo al oìdo uno de los pescadores, enamorado de siempre y para siempre de las profundidades del mar y estudioso de lejanas mitologìas, por ejemplo de Manu, el unicornio que criò a un pez que no dejò de crecer jamàs, tanto que, durante el diluvio universal, Manu se salvò de ser arrastrado por las aguas atando su barca al gigantesco cuerno del pez, que estaba en la cima del Everest, Manu, el unicornio que existìa por si mismo, descendiente de Brahma, hombre-dios, señor de todo lo que existe a la vista y fuera de ella, el padre Manu, que engendrò con su hija a la Humanidad, Manu, el primer sacerdote, el que para los budistas es el soberano de la Edad de Oro, me recordaba el pescador alzando sus brazos al cielo, hacia el sol que hacìa arder a la tierra de los càctus y el venado, que doraba a los hombres a cincuenta grados sobre cero, como en el Sahara donde, en los años setenta, convivì con los tuareg, como en Marrakesh, donde cambiè fervores y maravillas con los hombres azules, como en el Mohave, donde en el polvo sentì el abrazo de los antiquìsimos sioux, como en el Negev, donde escuchè, por primera vez, arameo, la lengua de Jesùs, en boca de los beduinos que iban y venìan porque si, solo para afinar con el ritmo del Universo, que es el mismo de nuestro corazòn. Y del otro lado del desierto conocì a un maestro yaqui que tenìa una escuela para desaprender, para borrarnos de la memoria las cosas que no nos servìan para nada, y en Ciudad Obregòn conocì a Erich Fromm, que fue, y sigue siendo,una inspiraciòn, como ese maravilloso vèrtigo que es Mèxico.
 
 
 
 
 
Dice un antiguo libro que me permitieron ver en Alejandría: Al filòsofo inteligente le ha sido permitido por Dios, en los caminos de la Naturaleza, hacer que aparezcan las cosas ocultas en la sombra, ver las cosas que los normales no ven, que solo ven los ojos del entendimiento y que la imaginaciòn percibe con una mirada verdadera, la màs verdadera.
Los ojos de mi espìritu fueron percibiendo chispas que al final se convirtieron en la gran luz que me ilumina todos los caminos ( la serpiente es una con toda su cosmogonìa cuando se mete en el agua, y yo lo siento en el escenario, donde soy una totalidad, entoces estoy afinado con el Universo).
 
 
 
 
 
Salimos de Cancùn cuando el huracàn se acercaba, y estaba claro en el movimiento de los pàjaros, las palmeras y las aguas, tal vez por eso la noche anterior mi cuarto brillò como si el sol estuviera dentro, y las estrellas cayeron como brasas encendidas alrededor de mi cama, y a la hora del desayuno me reencontrè con el griego, que volviò a Moisès: Se dice que cuando el cuerpo se ha deshecho aparecen dos ramas ( a veces tres o cuatro ), o figuras de reptiles, o un hombre sentado en un estrado. Sin duda, la tierra siempre produce algo, nunca deja de rendir si nuestra imaginaciòn està activa, como Hermes vio al viejo sabio sobre sus rodillas leyendo El libro de los secretos, o como lo imaginò el àrabe unos siglos despuès, y asì lo contò: Vì a un anciano, el màs hermoso de los hombres, vestido con ropas blancas, leyendo El libro de los secretos, y cuando preguntè quièn era, me dijeron: Es Hermes Trismegisto.
 
 
 
 
 
Por un instante, en las muchas cosas vemos al uno, y eso confirma que, a veces, Dios ve a travès de nosotros, entonces sentimos al todo que es el Universo, o como escribiò Moisès en el Gènesis: Veràs los cuerpos que tenìan Adàn y Eva antes de la caìda, y còmo era la serpiente, y què era el àrbol y cuàles los frutos que comieron, y dònde estaba el Paraìso, y què era, y en què cuerpos resucitaràn los justos, no en los que hemos recibido de Adàn sino en los que obtengamos por medio del Espìritu Santo, los que nuestro Salvador ha traìdo del Cielo.
 
 
 
El teatro de Cancùn, donde cantè, està en un muelle frecuentado por pescadores de todo el mundo, un muelle casi literario de tan sofisticado, y con uno de esos pescadores ( griego ) desandamos proyecciones hasta llegar a los alquimistas de la època alejandrina que, como los artistas, veìan lo que querìan ver, y en esa transformaciòn se transformaban.
La ciencia comenzò con las estrellas, me recordò el griego, en las que comenzamos a imaginar a los dioses, es decir a nuestra fantàstica necesidad, y en todos ellos, juntos, vimos al Zodìaco, donde imaginamos nuestras caracterìsticas, las diferencias que exigìa el Tiempo, el màs misterioso de nuestros inventos ( dirìa Jung: Las proyecciones se repiten cada vez que intentamos investigar una oscuridad vacìa, y la llenamos, involuntariamente, con figuras animadas).
 
 
 
En Uxmal siempre siento la presencia de esos hombres que supieron lo que todavìa no sabemos, que midieron a los vacìos del infinito, que nos dejaron una fecha que asombra y aterroriza, hombres para los que las piràmides fueron nuestra biblioteca de Alejandrìa.
Allì estàn sus huellas en las arenas blancas, salvo que no querramos ver, allì los siento cuando me meto en los cenotes ( los pozos de agua sagrados) o en las cuevas que estàn debajo de Isla Mujeres, donde los tiburones descansan de su guerra permanente. Màs de una vez sentì latir a sus sombras en Cozumel, la isla màs cercana a un continente, y las sentì como una revelaciòn, sombras que conformaban una sola piedra, la filosofal, la que buscaban los primeros alquimistas, es decir los musulmanes, la piedra que transformaba en oro a los metales innobles ( tenìa razòn Jung, el inconsciente entra en la oscuridad de la materia, por eso estoy viendo lo que querìa ver, ¿ pero no serà esa la verdadera realidad?)
 
 
 
 
 
Sabian los mayas que toda percepción física tiene un componente psìquico ( dirìa Evola) que le da vida a esa percepciòn, una significaciòn, sabìan que las percepciones nos iluminan el camino, que son una cosa màs entre las cosas. Para ellos, fìsica, teologìa y psicologìa eran una sola cosa, misterios a los que nunca se atrevieron a ponerles nombre, para ellos la Naturaleza y el espìritu eran uno, por lo tanto un solo saber.
 
 
 
Alguna vez, en la cima de la pirámide principal de Chichen-Itzà recordé ( a los gritos porque era para miles) un fragmento del Popol Vuh: Ser hombre no es fácil pues no nacemos para aumentar la confusión sino para aclarar misterios, que no nacemos para discutir con los dioses sino para honrarlos, que no solo nacemos para gozar la belleza natural sino tambièn para crearla, es decir para crear un bello mundo humano en la bella naturaleza, es decir para armonizar con ella,no para someterla.
 
 
 
 
 
Los tiburones-ballena son tan afectuosos que más de una vez pudimos nadar alrededor de ellos con los pescadores con los que también anduve curioseando por los ríos subterráneos, uno de ellos el más largo del mundo, que comienza, o termina, en Tulum, una bahía tan hermosa como pequeña, donde vacacionaban los líderes mayas.
 
 
 
 
 
El sol incendiaba a las arenas blancas de Cancún y aturquesaba aún más al Mar Caribe, espléndido frente a mi balcón, éxtasis y tumba de los piratas que prefirieron el peligro de los mares a las rutinas de la tierra, el Mar Caribe que puso a los delfines al alcance de mi mano a la caída del sol, que era la señal para que yo comenzara mi concierto recordando a Jesús: Cuando más de dos se junten en mi nombre yo estaré entre ellos, y esa noche fuimos mucho más que dos.
 
 
 
 
 
En Villahermosa, en el estado de Tabasco, se forma el triángulo mágico con las pirámides de La Venta, Comalcalco y Malpasito, es decir el encuentro de las culturas maya, zoque y oTlmeca, que fue la cultura madre, la de las grandes cabezas de piedra, la de los altares rectangulares, la de las esculturas de hombres sentados, la de los seres sobrenaturales. Tabasco también fue la frontera entre los aztecas y los mayas, y la patria del cacao, fruto-moneda que, convertido en chocolate en Europa, encantó al mundo, es más, México comenzó en Tabasco porque fue allí, en las márgenes del río Grijalba donde, en 1519, chocaron los españoles con los mayas, y allí, en Potonchán, se celebró la misa inaugural del catolicismo en América, y allí se fundó la primera villa, Santa María de la Victoria, y allí se escribió y se declaró el acta notarial del Mundo Nuevo, y allí Hernán Cortés recibió a Malitzin, mujer fundamental en la historia de México, allí, en ese trópico colorido, tierra de lagunas que cruzan tres ríos que, cuando se juntan y se desbordan por la lluvia, arrastran a los lagartos hasta los puentes y las calles de la ciudad, los lagartos que se comen a los perros, a los gatos, a las gallinas y a los cadáveres de los ahogados, y allí, entre ríos, pantanos y lagunas, siempre cuento el mundo caminado en el Esperanza Iris, el teatro que me abre sus puertas desde hace muchos años, allí, donde la Historia tiene tres mil años, contundente en ochocientos sitios arqueológicos, allí, en Tabasco, donde poetizó Carlos Pellicer: Más agua que tierra, aguaje para prolongar la sed, tierra que vive a merced del agua que sube y baja. Y esa tierra es tan rica que las iguanas van y vienen alrededor del teatro, y un poco más allá los flamencos rosados.
 
 
 
Cerca de Mérida, en el Yucatán de los mayas, hay un pueblecito donde el sol sale varias veces por día porque la niebla lo cubre por completo una y otra vez, donde las mujeres van detrás de los hombres en el día, y por la noche delante para guiarlos en su borrachera.
 
 
 
En Mazatlan otra vez el mar, pero el Pacífico, que al sur, muy al sur, en la Isla de Pascua, y hace más de cuarenta años, me sedujo de tal manera que me quedé un año con la única compañía del Tao Te King, Hojas de hierba y algunos textos sobre la alquimia que siempre me fascinó por su poder de conversión, y en esa larga meditación logré nacer de nuevo, definitivamente, es decir consciente de mi presencia en el mundo, y en esa luminosa alegría recuerdo haber escrito: Estoy presente, y todo sucede alrededor.
 
 
 
En La Paz de la Baja California los cerros del desierto llegan al Mar de Cortés por donde van y vienen caballitos de mar, lobos marinos, focas, tiburones, delfines, mantarrayas, pulpos y orcas, y los pelícanos sobrevolándolos. Es un mar sereno, sin olas, como un gigantesco lago, tranquilidad que eligen las ballenas para parir, tranquilidad que solo interrumpen, una o dos veces al año, los huracanes.
Por allí anduvieron ( hace catorce o quince mil años atrás) los pericúes,los guaycuras y los cochimíes, descendientes de los que llegaron desde Asia, que se extinguieron en el siglo dieciocho a pesar de la protección de los jesuitas, que habían llegado dos siglos antes, que fueron faros en medio del desierto de las iguanas y las serpientes. Y cerca, en las islas del archipiélago Espíritu Santo, descansaban los lobos marinos entre pájaros y reptiles, y más allá los exuberantes salitrales de Guerrero Negro, donde alguna vez sospeché el otro lado de la vida.
 
 
 
 
 
En el concierto de Puebla, las canciones, más desnudas que nunca, me llevaron al punto más alto de la devoción, por eso fue tan clara la presencia de Jesús, por eso la comunión fue una maravillosa hoguera, y las muchas manos de las canciones fueron un solo abrazo, y después una sola flecha hacia el horizonte para avivar al azul con el naranja, el horizonte que se redondeó para rodearnos, y la felicidad de todos calmó los dolores de mi esqueleto.
 
 
 
 
 
Hoy volví a meterme en La región más transparente, donde estalló el boom de la novela latinoamericana hace más de cincuenta años, una luminosa exploración del lenguaje de la mano de Carlos Fuentes, palabras empapadas de nuestro fango, caliente vida de nuestras tribus y ecos de las altas voces de La Mancha, conmovedores harapos de las galas de Cervantes que Fuentes fue recuperando prolija, apasionadamente, que repensó mientras caminaba por los cementerios de Londres o nadaba por las frías aguas del Cantábrico.
 
 
 
De Morelia al Distrito Federal fuimos entre trigales y cerros donde señorearon los purépechas, un imperio que resistió a los aztecas pero no pudo con los españoles, que pusieron cruces donde ardían las hogueras ceremoniales.
 
 
 
 
 
Las casas de piedra subían y bajaban por las calles de Morelia y los templos lucían dorados por la gracia del ocaso. De vez en cuando pasaba un purépecha con todos los siglos en la mirada, lento y silencioso entre las casas blanqueadas con cal, como las capillas coronadas por el azul añil ( en los años setenta le dije a Tamayo que me encantaba su paleta, a lo que respondió: Son los colores de las casas de mi gente).
 
 
 
 
 
Siempre es emocionante caminar por Oaxaca, donde hay vida humana desde hace once mil años, donde los zapotecos señoreaban hace tres mil años, un gran imperio que terminó en el siglo trece de nuestra era a manos de los mixtecos, a los que los españoles derrotaron dos siglos después, al sur de México, al suroeste del Itsmo de Tehuantepec.
Los zapotecos se creían nacidos de las piedras, los jaguares y los árboles, ante todo del Tule, un árbol anterior a los días de Jesús, tan de siempre que parece recién brotado en la montaña verde, como el profeta parece recién oído. El Tule es más alto que cualquier iglesia de la época colonial y más antiguo que los olmecas, es la mismísima vida resistiendo al implacable tiempo, recordándose en cada nudo, recreándose en cada rama, por eso, cada tanto, me siento a su sombra para sentir a la eternidad en todos mis huesos.
 
 
 
 
 
Hay que ser exigente porque solo renovándonos vivimos, me recuerda Alfonso Reyes desde el pasado más luminoso, y agrega: El modisto de la Gran Avenida sabe que el amor se disolvería si él no inventara nuevos modelos para nuestras mujeres. Por el paso, recita Reyes, a la hora más vaga de la tarde, flotan unas figuras ligeras de mujer, todas vestidas con las exigencias de la estación, todas renovadas por la primavera, que parecen recién llegadas, recién exhaladas al mundo, nuevas, nunca vistas.No son las mujeres del otoño, aclara Reyes, ni del invierno, son mujeres traídas por la primavera y por el verano, nacidas de sus flores. Sin ellas se acabaría el amor, y sin ánimos nuevos de locura se detendría la Tierra y cerrarían sus ojos las estrellas, por eso hay que sorprenderlas todas las noches con iluminaciones nuevas para que no se duerman.
 
 
 
En el caliente domingo de Monterrey, antes de mi concierto en el Auditorio San Pedro, Alfonso Reyes volvió a contarme: Quiso un ermitaño saber quién sería su compañero en el Paraíso, y aunque varias veces Dios le mandó decir con un ángel que hacía mal en interrogar al destino, al fin le hizo entender que su compañero sería Ricardo, el rey de Inglaterra. El ermitaño sabía que el rey era guerrero, que había matado, robado y desheredado a mucha gente, que había llevado una vida contraria a la suya, vida que le parecía muy distante de la salvación, pero Dios le mandó decir al ermitaño que no se sintiera confundido, que no se quejara ni maravillara porque más merecía el rey Ricardo con un asalto que diera que él con todas sus obras de devoción, y con esto, Dios exaltó el ideal de la vida activa.
 
Para Borges, Alfonso Reyes fue el que mejor escribió en nuestra lengua de los dos lados del océano, el que alguna vez se preguntó: ¿ Para quién estoy predicando si este libro no está dedicado ni al sabio ni al necio, aquél porque no lo necesita y este porque no ha de aprovecharlo?
 
 
 
 
 
No entiendo a la vida sin palabras, pero en el silencio la comprendo. Siempre he navegado por un río de palabras, pero cuando salgo de él, algo me hace vivenciar a la eternidad, y hablando de palabras, Alfonso Reyes me refresca a Píndaro: Nada es mejor que el agua, que aplaca, refresca, limpia, alivia, fortalece,ayuda, sube, baja, descansa, corre, el agua que mata y resucita, que lo hace todo, que lo puede todo, nada es mejor que el agua, pero no la derrames porque el agua volcada no se recobra nunca.
 
 
 
 
 
Juan Ramón Jiménez llamó Alfonso el Bueno a Alfonso Reyes, contaba Alfredo Gracia, librero de los que ya no hay, lector de todo lo que valía la pena, atento a todo lo que tuviera que ver con el arte, amigo y devoto de Alfonso Reyes, que llegaba a su librería de Monterrey a conversar los libros que son una felicidad segura, diría Borges, que conoció a Reyes en Buenos Aires, adonde llegó como embajador, excelso embajador de México, pleno y libre de utilería, decía Alfredo Gracia, que lo citaba en unos versos de la madurez: El poeta cumple el mandamiento, que es hacer razones con el sentimiento y dar en sentimiento las razones.
Eso decía Reyes, que era uno con sus letras, maestro que veneraba a Góngora, inevitable como las riquezas de Quevedo, y a Virgilio, riqueza de todos los pueblos latinos, Reyes, que proclamaba la solidaridad, que invitaba a seguir las huellas de los preclaros bajo la eterna vigilancia de los astros.
 
 
 
Monterrey fue la tierra de Alfonso Reyes, que siempre me ilumina : Amarás a un objeto bello, a una flor, a un crepúsculo, a una mujer o a una canción, y el amor general de todos los objetos particulares hará que los ames sin desearlos, con perfecto desinterés: la flor se está bien en su tallo, el crepúsculo en su tarde de otoño, la mujer en su sabroso misterio, la canción en la vaguedad del aire, entonces irás descubriendo que amas en las cosas algo superior a las cosas: la belleza en si. Dichoso, bienaventurado mil veces quien pudiera contemplarla directa, pura y desnuda, entonces amará una idea: la Idea, y los sentidos habrán sido tránsito para llegar a lo que solo se gusta con el alma.
Asi le enseñaba a Sócrates una mujer de Matinea, cuyas doctrinas recogió Platón piadosamente.
 
 
 
 
 
En Monterrey, el Cerro de la Silla entraba por mi ventana, dejando atrás a una nube de palomas que hacía vibrar al horizonte, y más atrás volaba la poesía en el polvo del desierto que el viento caliente llevaba a la frontera donde chocan dos culturas que niegan necesitarse, y más acá, entre el cemento y el plástico, los noticieros se quedaban con lo peor de la realidad, por eso a los escritores solo nos quedaban por contar las misteriosas historias de los sueños, que no es poco porque si estamos atentos a nosotros mismos, un día seremos lo que soñamos.
 
 
 
 
 
En Guadalajara recordé a la Madre Teresa, que al pobre le hablaba de esperanza y al rico de conversión, la esperanza, decía, salvará al pobre, y la conversión purificará a rico, la esperanza y la conversión acercarán a nuestros hermanos, y nosotros debemos trabajar para ese encuentro.
 
 
 
 
 
En Guadalajara, como en Ciudad Juárez, sugeri que, en momentos como el que vivimos, son más necesarios los hombres buenos que los hombres inteligentes, por eso lo más inteligente es hacerse a un lado, detenerse y meditar, porque si no nos apartamos seremos socios de esta locura. Llegará el día en que serán mayoría los que se aparten, entonces la Humanidad comenzará a cambiar.
Hemos hablado mucho de nuestras diferencias, ya es hora de hablar de lo que tenemos en común, es decir la vida, por eso debemos buscar coincidencias, armonizar diferencias, que eso es la verdadera justicia.
 
 
 
Según las estadísticas, Ciudad Juárez es la ciudad más violenta del mundo: en los últimos ocho meses fueron ejecutadas dos mil personas, por eso cientos de soldados encapuchados patrullan las calles, listos para disparar sus ametralladoras. Es una guerra de la que escaparon hacia El Paso, Texas, tres mil familias.
En Ciudad Juárez los árboles de nueces de los patios atraen a cientos de loros, ajenos a las barbaridades de los hombres.
 
 
  
 
Entre sierras fuimos a Ciudad Juárez, las sierras donde los tarahumaras viven en casas de adobe dentro de cavernas, las sierras que hace ochenta años visitó Antonin Artaud, y pasamos por Sueco, al que solo le quedan veinte habitantes, y por Moctezuma, que fue abandonado por miedo a los narcotraficantes que señorean en la zona, por esa razón llena de camiones del ejército,que van y vienen por el desierto verde que se va destiñendo hasta ser pura arena, como si el mar recién se hubiera retirado, territorio del coyote y el correcaminos, capaz de matar a una serpiente de cascabel, y por allí la cárcel donde están encerrados los más peligrosos, y paralela al camino la vía del tren que hace casi un siglo tomó Pancho Villa con su gente de a caballo para recrear, en las puertas de Ciudad Juárez, al caballo de Troya.
 
 
 
 
 
Chihuahua siempre huele a revolución. Allí conocí a doña Luz, la viuda de Pancho Villa,que entre muchas cosas más que interesantes, me dijo: El general tuvo muchas mujeres pero siempre volvía a mi porque yo era la dilecta, porque cabalgué la revolución a su lado, porque compartimos ese fuego.
En Chihuahua conocí a don Octavio, que fue chofer de Villa, y a varios de los Dorados, la élite de su ejército, que ya andaban cerca de los cien años, que seguían hablando del general Pancho Villa como si estuviera a punto de volver a reunirlos.
Corría el 1972, año de mi llegada a esa Chihuahua mágica, apasionante, la tierra donde Gerónimo les costó tanto a los federales, la tierra donde aprendí mucho de los tarahumaras de Creel y de Guachochi, altos en el espíritu y en la sierra que alcanza la magnificencia en la Barranca del Cobre.
Y allí, en Chihuahua, compartí la mesurada vida de los menonitas, cerca de Delicias, donde al atardecer llegan miles de chanates para sobrevolar la plaza, ritual de siglos para despedir al día.
Por allí pasaron hechos fuego los hombres de Villa y se arrodillaron los apaches en homenaje al sol, por allí Gerónimo fue casi un dios, por allí pasé y seguiré pasando con el corazón encendido por esa tierra que despierta lo mejor de mi, donde siempre viene a escucharme don Alvaro, que hace muchos años compró por casi nada una vieja casa con un sótano lleno de monedas de oro y armas de los días de la revolución.
 
 
 
 
 
Cada vez que voy a la ciudad de México recuerdo a Juan Rulfo, que hablaba poco pero con felicidad, y era tan generoso que atribuía sus aciertos al interlocutor, como los japoneses, y hacía todo lo posible para que la realidad no lo distrajera, y esto me recordaba a Macedonio Fernández, que decía : ¿ Quién se cree que es esta entrometida, la realidad? ¡ A mi no me va a amargar la vida !
Gracias a Juan Rulfo aprendí que se puede hacer alta literatura escribiendo como habla un campesino, y desde allí le puso magia a la realidad, y Pedro Páramo es la prueba, el principio del realismo mágico que García Márquez continuó con maestría, el querido Gabo que me dijo en la despedida, confirmando que fue una grata velada : Espero que pronto volvamos a bailar, y a cantar, agregaría yo, recordando la cara de placer que tenía cuando Tania Libertad le cantaba al oído los boleros de los años cincuenta.
 
 
  
 
Después de cantar en Monterrey, Chihuahua, Ciudad Juárez, Guadalajara, León, Morelia, Puebla, México D.F., La Paz, Mazatlán, Mérida, Villahermosa, Cancún, Atlixco, Ciudad Obregón, Guaymas, Hermosillo y Tijuana, regreso a Buenos Aires por unos días a ordenar los papeles escritos en esa tierra prometida que para mí es México, los papeles donde convivirán las ballenas y los tiburones con los vagabundos del Mar de Cortés. Las pinturas de Diego Rivera con Xochimilco, los grafitis del Estadio Azteca con los fantasmas de Orozco y de Siqueiros, los periodistas con los toreros, los cerros con los desiertos, la revolución con la independencia, es decir Hidalgo con Villa, los tarahumaras con los purépechas, las botas con los sombreros, los templos con los teatros, la frontera con las ametralladoras, los volcanes con los ríos, el Océano Pacifico con el Mar Caribe, las pirámides de los mayas con la selva de los chamulas, los cactus con los salitrales, es rosa mexicano con el azul añil y los brillantes recuerdos de la viuda de Octavio Paz con el sereno presente de García Márquez. Todo esto me dio México en un solo mes.
 
 
 
Parecía el  final, pero Dios, siempre  generoso, me ha  dado otra  oportunidad, es decir  que, recién  renacido, subo al avión en Buenos Aires.
 
Por gracia de  Vivaldi es primavera y, por gentileza de Bizet, Carmen viaja a mi lado, y con ella bajo en el querido México donde hace treinta y  ocho años me  reencuentro con el que fui hace muchos siglos  del  otro lado del mar, por eso México es el único espejo que me refleja entero.
 
 
 Hoy, en la ciudad de México, el Hotel Presidente es mi casa, y tengo de  vecinos a Tamayo y Tlaloc, el dios de la lluvia, y desde mi ventana, el piso treinta y ocho, tengo una panorámica de la ciudad donde siempre fui feliz.  Ahora mismo estoy viendo, frente al hotel (lleno de arte y excelencias), al Auditorio Nacional, donde alguna vez canté, y más allá, con los cerros de fondo, al Hotel de México que alberga  al  Polyforum  Cultural  Siqueiros, donde  mis conciertos sucedían los domingos a la tarde, y más  acá al castillo de Chapultepec, donde tantas veces conté mis viajes a los jóvenes deseosos de aventuras.
 
Siempre México me sucede todo de una vez, como una revelación.
 
  
Cada vez que cae la tarde, como ahora, recuerdo a los monjes del Negev que se acostaban temprano, y al despertar recordaban que en el principio fue el Verbo, y el Verbo era Dios, y en ese reconocimiento comenzaban su día, deseosos del desierto y el profundo silencio de la Biblia.
 
  
Para un artista, el sueño es un tesoro  enterrado  que se deja ver alguna noche, y que a veces se convierte en una obra de arte. Para un artista, los  malos recuerdos  pueden   ser convertidos  en  buenos libros, libros horrorosamente bellos, y esto porque el artista es un alquimista, por eso puede hacer brillar hasta la sombra más profunda, y en esa mirada amplia puede ver cualquiera con simpatía.